Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

miércoles, 18 de abril de 2012

Caza de Nazarenos


            Es cuestión de preparación adecuada, de educación sobre todo, de comportamientos personales ajenos a la razón, quizás más ligados a la conciencia de cada uno. No son hechos, afortunadamente ya, habituales pero siguen dando que hablar. Me refiero a aquellos nazarenos que abandonan su lugar en la cofradía con los más diversos motivos.
            Es difícil no ver, especialmente en aquellas hermandades que tienen un largo trazado en su recorrido, a penitentes retirados del discurrir de la cofradía y descansando en un banco, reposando por unos instantes del pisotón o el atropello multitudinario porque los devotos quieren ver, lo más cerca posible, a la imagen que prima sus devociones. No es difícil ver, por las inmediaciones de las filas nazarenas, a otros que se incorporan tras haber realizado la necesidad fisiológica que no avisa, que no ofrece demora porque se viene reteniendo desde hace horas, que es premura de inmediata  ejecución, so pena de ofrecer un inaudito escándalo de salubridad, cuando no de educación y vergüenza. El hombre es un ser que necesita cumplir algunos requisitos naturales. No es preciso describir los hechos porque a todos se nos vienen a la memoria. Pero hay que saber distinguir entre éstos y otros comportamientos de caprichosa voluntad. Contra éstos últimos ha actuar, con las medidas que establezcan las Reglas. Pero hay que ser condescendientes con quienes se ven obligados a abandonar por unos instantes las filas nazarenas. No es un alegato de defensa hacia ellos pero sí un hecho de comprensión hacia un acto determinado. Viene esto a colación por algunas fotografías que se publican en las redes sociales, la mayoría de las veces con mala intención, desconociendo tal vez los motivos que se guardan en el comportamiento, en la actitud que les ha motivado a ello. En esta ilustración se pueden observar unos nazarenos, cinco para ser exactos, despojados del capirote y sentados en el arriate de unos árboles, de una conocida y céntrica plaza sevillana. Quien tomó la instantánea no dudo un momento, tal vez al llegar a su casa, en subirla a la red social de turno y posibilitar un debate sobre este tipo de actitudes, mostrando una situación que de no conocerse la verdad, y siendo utilizada con maldad, de la posibilidad de equívocos. Estos cinco nazarenos se encontraban intentando reponerse de una indisposición y en la imagen se aprecia cómo son atendidos por un diputado de tramo, que sí guarda su rostro y esperan la llegada de otros hermanos nazarenos, médicos colegiados, que realizan la estación de penitencia entre las filas, atendiendo a quienes se encuentra en esta dolorosa vicisitud, pudiendo ir en el cortejo muy cerca de las Imágenes Sagradas.
            Sin duda alguna quienes quieran hacer daño a las cofradías tienen muchos motivos para concretarlo. Pero parece indigno que se utilicen medios y tiempo a perseguir este tipo de imágenes, que en nada benefician al buen nombre de las Hermandad en general y no cumple con el rango de justicia de la otra gran mayoría de penitentes que realizan su estación de penitencia de la mejor manera, con la dignidad que les dicta sus conciencias y observando todos los requisitos sobre el comportamiento adecuado que requiere una estación de penitencia.
            Estos cazadores de hermanos nazarenos debieran concienciarse y centrar sus esfuerzos en realizar la estación de penitencia, con su hábito, su antifaz y su cirio, y no vagar por las calles, con la medalla de la Hermandad al cuello incumpliendo las mismas normas que exigen que otros cumplan, a  la caza y captura de algunos desalmados. Más que nada para que pudieran tener una opinión más objetiva y certera. No basta exigir con lo que uno no es capaz de realizar. Hay que ofrecer opiniones basadas en experiencias. Ser nazareno en algunas hermandades requiere de mucho amor a sus Sagrados Titulares para aguantar trece horas con un cirio en la mano, y algunas otras esperando la salida, en un lugar donde no solo no ven a esos pasos andando primorosamente, ni se encandilan con la exquisitez de la música, sino que son atropellados por quienes se sitúan en un lugar de privilegio que no les corresponde, que les faltan al respeto en su origen devocional, que los pisan y empujan si reparos, sin tener en cuenta la intimidad del nazareno en su estación de penitencia. NO son excusas, son hecho más que probados.
            Demuestran muy poca caridad y mucha soberbia reivindicando derechos sobre unos actos que no son capaces de asumir. Es más fácil, mejor y más bonito poder vagar junto a los pasos y después cuando se encuentran con una situación, como la que describo en párrafos anteriores, meter la lanza en el costado. Y lo peor, es que lo hacen con hiriente interés y no para solventar el problema.
            Que conste que este pobre y humilde escribidor es también nazareno que realiza su estación de penitencia al completo, sin abandonar las filas de la cofradía, por muchos empujones, pisotones, magníficas y esplendorosas bullas y hasta algún dedo del pié roto, que haya recibido. Pero también tengo claro que el día que un apretón, una incontinencia o la necesidad de reponer fuerzas para no desmallarme me lo demanden, no tendré más remedio que acudir al lugar apropiado o que disponga mi Hermandad  para ello so pena, como he dicho anteriormente, de no dar un escatológico mitin en medio de la calle.

martes, 17 de abril de 2012

La leyenda de puntillas


Muy pocos pueden presumir de lo que él. Escasísimos seres humanos pueden mantener el talante de leyenda sin haber sido llamado a formar parte de la corte celestial, sin haber traspasado la frontera que universaliza al hombre, un hecho que a todos nos congratula. No le ha hecho falta distinguirse del resto del género humano más que por su nobleza, por su devoción y por su valerosa aportación al sentimiento macareno, por descubrir las esencias populares que transitan en la mañana del Viernes entre el mercado y las angosturas del dédalo de calles del barrio que le vió crecer, que le inoculó toda la sabiduría popular que se contiene en una soleá de Manolo Caracol, y  por donde se derrama toda filosofía que transmite el Dios Sentenciado y permite acercar la divinidad del mensaje a la comprensión de todos. Hay hombres signados por la Providencia para ser recordados y exaltados en cantos populares, para figurar en la mitología que enraíza la sabiduría con lo proverbial sin tergiversar la grandeza que contiene en su origen, esa particular estancia donde lo diminuto puede llegar a transformarse en colosal por el mero hecho de pronunciar unas palabras, la exaltación multitudinaria del gentío cuando el argénteo fulgor de un llamador truena y convierte su sonido en impulso para elevar al Señor al cielo de la memoria.
No ha necesitado este hombre, ahora leyenda viva que pronuncia salmos flamencos cada vez que emite una palabra, que ha procurado paraísos a quienes se alojaban en la desolación y la tristeza con tan solo convocar el poder de cuarenta y ocho macarenos con el grito ahogado en su sentir, más que tener corazón para perturbar las emociones de quienes se acercaban a él cuando comandaba el paso del tribunal más hermoso del orbe católico, mi más motivos para alcanzar la felicidad que un rayo de sol atravesando los repujados de una canastilla dorada, en el amanecer del Viernes Santo, cuando la quilla de la nave se abría paso, majestuoso y elegante, ondeando su presunción de macareno, entre el oleaje de emociones embravecidas en el mar de la devoción.
Los afectos sacudieron los cimientos del templo que había abierto sus puertas a la expectación y la alegría, tras el paso del tiempo que se había obstinado en demudar la realidad de la despedida. La levedad sostenida de una columna de incienso, traslucido velo que separa las certidumbres del exterior, alejándolas del rigor de la autenticidad del momento, se elevaba para conformar el papiro donde se certificaría la última llamada, donde se escribiría, con la tinta enjugada en el pañuelo del alma,  la crónica que leerán las generaciones futuras sobre el hombre que vio y mostró a Dios a través de las cosa sencillas. Como el primer día, alejó la mirada del mundo para centrarse en aquella serenidad que se le presentaba, en aquel rostro que tanto le reclamaba y al que tanto debía. Asió la aldaba que retiene su voz en el eco de un retumbe argénteo, el estrépito de la emoción que propulsa y transmite su propia turbación. Lo alzó, a sabiendas que no lo volvería a hacer, que cuando cayese lo harían treinta y tres años -¡toda una vida!- llevando al Cristo de la Sentencia por las calles de Sevilla. Todo el peso de este tiempo, toda la inmensidad de la espera, todo el amor derrochado fue izado a los cielos de la Macarena, cuando Miguel Loreto llamó a su gente y pronunció la encíclica que resuelve las dudas y procura las emociones, el estremecimiento en su mejor valor. “Lo quiero ver volar”. Obra de arte efímera, obra de arte que se enmarca en la memoria insustancial de quienes tuvimos la suerte de ver su ejecución, obra de arte que ha merecido el reconocimiento taxativo y unánime de la mejor Sevilla, de la eternidad que sigue rigiendo en este escogido espacio. Nunca un galardón ha tenido, ni adquirido tanto prestigio al concedérsele, a Miguel Loreto, capataz del Señor de la Sentencia, el premio Demófilo, a la mejor obra de arte efímera de la Semana Santa de Sevilla.

lunes, 16 de abril de 2012

El tiempo de los cobardes


             En un ejercicio por la más absoluta tolerancia, ejemplarizando con el sentido democrático por el que van rigiendo sus vidas, del que presumen hasta la saciedad cuando se postulan en plazoletas y viarios diversos, asidos a su manual de conducta y educación, un envase de cerveza, han atentado contra la fachada, otra vez, de la Basílica de la Macarena, con el lanzamiento de botes de pintura roja, como no podía ser de otra manera. Los autores de este nuevo atropello, como digo, han de ser unos próceres de los valores democráticos, unos adelantados en los idearios sobre el nuevo entendimiento de la convivencia pacífica entre las personas pues de otra manera no se entiende un comportamiento “tan correcto”, con una demostración tan denodada de urbanidad.
            Volvemos a lo de siempre, a reiterarnos en las conductas violentas que desacreditan a los idearios tras los que se esconden. Estos miserables no entienden el lenguaje de la convivencia, son incapaces de mostrar un ápice de educación y respeto para quienes no piensan como ellos. La legitimidad del pensamiento es un bien patrimonial del hombre y las conclusiones que se saquen de ellos son cuestiones particulares que deben salvaguardarse en las conciencias y por tanto, ser respetadas sin mostrar coacción ni violencia contraria. No hay razón de menos fundamento que tratar de imponer doctrinas ejerciendo la fuerza o intentar implantarlas con métodos terroríficos, es decir atemorizar a los débiles.
            En estos tiempos donde las tecnologías propagan casi al instante cualquier pensamiento parece increíble que unos desalmados, unos trasnochados en sus doctrinas, a las que hacen un flaco favor, sigan progando sus ideas de una manera tan absurda, tan faltas de coherencia e intentando esconder sus procedimientos con actuaciones durante la noche. Estos cobardes que son incapaces de maniobrar a la luz del día, presumo que en manadas pues así el amparo es mayor para la realización de sus gestas, se emboscan en la oscuridad para actuar, con premeditación y alevosía, contra el templo que guarda el bello mensaje de la Esperanza.
            Si lo que pretendían era llamar la atención sobre la celebración de la conmemoración de la implantación de II República, hace ochenta y cinco años, podían realizar otro tipo de actividades que no perturbaran la paz urbana. Pero es mejor engendrar violencia y buscar razonamientos trasnochados para justificar la salvajada de sus acciones. Es imposible conciliar a un pueblo mientras haya energúmenos –y que cada uno aplique el color que crea oportuno- que vivan en el pasado, que sean capaces de rectificar sus conductas en vista de lo sucedido en el pasado. Corregir errores no significa tener que estar pidiendo cuentas constantemente, ni reinventar la historia con cosas que no sucedieron porque entonces estaremos manipulando unos hechos concretos adecuándolos a los intereses particulares de cada uno.
            Estos analfabetos que atentan contra la Hermandad de la Macarena están desequilibrando los fieles de una balanza e ignoran el gran sentimiento popular que atesoran estos muros, la historia de gente sencilla que han compartido desgracias y alegrías en el pasado que tanto se obstinan en querer repetir. Habría que reflexionar sobre estas conductas que por lo general suelen ejecutar jóvenes a los que les han desvirtuado la realidad, a los que les presentan una historia estereotipada, apátridas con desórdenes en la estructura familiar, cobardes que son incapaces de consensuar sus ideas con sus congéneres y buscan un protagonismo en sus círculos y vanagloriarse con su momento gloria, atentando contra un templo. Gran proeza, si señor.
            A los que nos faltan al respeto, a los que nos insultan con sus actos, a los que soportamos sus ínfulas fascistas –no olvidemos que los peores regímenes totalitarios se sirvieron de los poderes democráticos para instaurarse en el poder Hitler o Stalin- no nos queda más que continuar con nuestra vocación pacífica e intentar transmitir a nuestros hijos unas conductas diferentes y unos tratamientos sociales que fomenten la concordia de los pueblos, no la segregación absolutista que pretenden estos cavernícolas.
Hay que ser valientes, vestirse por los pies e instruir con razones y palabras no con actos violentos. A ver si actúan alguna vez contra los edificios de otras confesiones religiosas más expeditas en sus manifestaciones cuando son atacadas. Tal vez porque sus dichos y acciones son más contundentes y saben de más que a quien hierro mata, a hierro muere.

jueves, 12 de abril de 2012

Una promesa rota o el milagro de lo irremediable


El destino de las personas viene marcado por designación de la Providencia. Nada ocurre por hechos caprichosos, ni el destino es una consecuencia encadenada de casualidades que desembocan en el caos, aunque a veces eso parezca todo viene enlazado con causalidades con las que somos signados en el principio de nuestro ser. Al menos para los que creemos en la Divinidad de nuestro origen así es. Nada procede sino de la otorgación celestial, de la disposición que a cada se le concede para que, en el uso de su libertad, la prolongue y administre el bien para la consecución de la felicidad de quienes le rodean.
            Acaban de pasar, como un suspiro de enamorado, los días de la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, unas jornadas que nos hacen reflexionar sobre la condición humana, sobre nuestras actitudes ante la vida y ante quienes nos rodean y sí somos merecedores de las suertes y gracias que nos son dispensadas. Es difícil tomar el ejemplo de Jesús porque requiere de compromiso ante los demás, de servicio ante nuestros semejantes y hasta extenuantes sacrificios para seguir sus enseñanzas. El mensaje de redención no es posible más que tomando la cruz de su entrega y seguir el camino marcado por sus doctrinas, tan válidas hoy como cuando fueron promulgadas por su voz.
            Todo este halo de asentamiento en la firmeza de la creencia, en la constatación de la fe, se manifiesta ante el paso de la Virgen de la Esperanza. Y no son palabras baladíes ni faltan a la más imparcial justicia. Cuánto sucede en su delantera es la constatación, firme y contundente, de la presencia de Dios en nuestra almas.
            Nunca busqué esta merced que me ha sido concedida. Nunca he reclamado –pueden asegurarlo quienes me conocen- un lugar en el cielo que es realizar la estación de penitencia en la cercanía de la Virgen que cobija y ampara mi vida, que es dueña de mis pensamientos y mis emociones, que aún antes de nacer ya sabíamos el uno del otro, porque corría por la sangre de mi sangre toda la devoción y el amor de la generaciones que nos precedieron, hacia Ella. Esta Hermandad me dado mucho más, infinitamente más, de lo que yo humildemente he podido ofrecer. Siempre, desde mi más cándida niñez hasta este periodo adulto, he procurado enfundarme en mi hábito procesional e inmiscuirme en mi interior, en buscar explicaciones al discurrir de la vida, de estos problemas que tanto nos agobian y que pierden toda su importancia, que se diluyen en su propia materialidad.
            Voy a descubriros un pequeño secreto, egoístamente porque necesito vaciar mi alma de esta angustia, una determinación que tomé cuando supe que iba a formar parte de los escuderos macarenos que integran la presidencia de la Virgen de la Esperanza cuando sale, en la madrugada del Viernes Santo, a desparramar sus gracias por el entresijo de las calles de Sevilla. Prometí no volverme a ver su rostro durante mi estación de penitencia, el motivo es lo de menos. Y no pude cumplir mi promesa, falte a mi palabra, rompí el compromiso que firmé una tarde, en las postrimerías de marzo, arrodillado frente a Ella, sintiendo la serenidad de la mirada del Señor de la Sentencia a mi izquierda. Y no es que volviera mi cabeza, vencido por mi debilidad humana, hacia donde se sitúa y resplandece la Madre de Dios. Nada más atravesé los primeros tramos del recorrido supe que ya estaba derrotado, que ya se había destrozado el contrato sentimental. No hizo falta que me girase porque su rostro estaba frente a mí, se me mostraba incesantemente en un rosario de apariciones. Vino a buscarme en la mirada perdida de aquella joven, en la ausencia terrenal de aquel chico que parecía levitar. Venía plasmada en el fondo de las miradas de una multitud asombrada incapaz de pronunciar sonido alguno ante la visión celestial, se me presentaba en cada bisbiseo oracional que se lanzaba desde las orillas de las aceras, en caras absortas, abstraídas, de la turbamulta que ondeaba sin cesar en el frontal del paso, en el intento de la niña del pañuelo en la cabeza que luchaba denodadamente contra el gentío para que las yemas de sus dedos pudieran rozar el argénteo final de la manigueta del paso y poder transmitir todo el amor que manaba su mirada llena de vida. ¡Y yo de espaldas sin quererle ver la cara! ¡Qué iluso! Y en el fragor de la batalla llegamos a Santa Ángela y se apareció ante mí en rústicas estameñas y tocas blancas, en la armonía angelical de unas voces que La cantaban, en el asombro y en la alegría de aquellas mujeres que curan tantas llagas, que saben de tanto amor, que soportan la dureza de una vida sacrificada. Y volví mi vista al cielo y comprendí que era inútil continuar aquella cruzada sin sentido. Levanté mi vista y me encontré con la sorpresa de no poder su cara. Me sobresalté, no La veía, busqué entre la candelería y la cera me La ocultaba. Traté de serenarme, me giré y en la multitud, en sus ojos y en sus rostros, en sus rezos y silencios, en los clamores y peticiones, en las risas y en los llantos, allí estaba, volvió a mostrárseme el rostro de la Virgen de la Esperanza.

lunes, 9 de abril de 2012

El cielo conseguido


Las aguas del recuerdo van laminando las playas de las vivencias, van sedimentando en sus orillas los momentos que hemos ido viviendo durante esta última semana en la que Dios se ha presentado ante nosotros de las más extrañas maneras. Ha llegado precedido de multitudes, alabado en salmos y oraciones que brotan desde el gentío, salterios que rodaban con estrépito desde los labios y volteaban los adoquines hasta convertirlos en vehículos por los que discurrían las emociones, por los que transitan los sentires más íntimos.
            Ya lo dijo el poeta que mejor le ha cantado a la Virgen, “la vida son siete días” y la hemos visto espejarse en el dorado de los pasos, en la plata repujada que ha sido utilizada como trono para la Madre de Dios, como reluciente tabernáculo donde han reposado las esencias de la fe, las consideraciones litúrgicas que nos llegaron en el legado de nuestros antepasados, en los seres queridos que habitan las inmensidades universales que se desprenden de las retinas, hasta proyectarse en el presente, de los ojos llorosos de la Virgen.
            Hemos vivido nuestro presente ignorando que cuánto contemplábamos no era nuestro tiempo, que no nos pertenecían ni las horas ni los días, que no eran más que meros signos de nuestro pasado, y los espacios que recorrimos, que atrevamos con la prisa por encontrarnos con la sorpresa, no era sino el lugar recuperado por quienes nos antecedieron en el sentimiento y volcaron en nuestras almas toda la sapiencia sentimental que los siglos fueron depositando en sus propias almas, por otras voces, por otros roces de manos, por otras lágrimas y por otros besos. La heredad de la tradición eclesial que nos sorprende con la transmisión popular. Palabras viejas que nos explicaban la consecución del cielo con tan sólo devolver la mirada de la que huye de la vida del Cristo del Cachorro, esa visión traslúcida que es todo poder y que alcanza su mayor gloria en la solemnidad oscura de la plaza de San Lorenzo, una campanada seca anuncia el principio del fin.
            Pero hay designados por el mismo Dios para visitar la gloria, elegidos por el capricho de la Providencia para que tengan constancia de la experiencia supra terrenal que supone pisar el cielo, gozar de sus límites, compartir con sus ángeles sus cantos celestiales y retornar a la tierra, sin traspasar la balizada de la frontera que asume formas de guadaña, ésa que se deja caer con la Canina por la antigua calle de las Armas, derrotada y superada por la Vida.
Ustedes no lo saben pero en la mañana del Viernes Santo llovió sobre la ciudad mientras la algarabía de los tornasoles desperezaban su sopor. Fue recién amanecía y la Virgen recibía la primera claridad reflejada en la fachada de un antiguo palacio. Una comitiva de penitentes caminaba alegremente intentado desprenderse del pesado sopor, argénteo goteo que resbalaba por las laderas merinas para convertirse en destellos gloriosos que les anegaban por la cercanía de La que desprende las mejores y mayores Gracias que concederse pueden. Sólo dos nazarenos sabían de la privilegiada designación, sobre la presencia de estos dos seres en el mismo cielo. Guardan ahora su secreto juramentados en la importancia del hecho.
Cuando los sones y la trompetería, cuando los armonios y las melodías anunciaron la despedida, el momento preciso del fin del ensueño,  fueron despedidos en la puerta que franquea y separa el cielo del mundo y sus pecados, por las fanfarrias que no suenan, aunque retumban y conmueven el alma, de la sonrisa inocente del ángel guardián. Durante la inmensidad de un segundo -¿fueron siglos tal vez?- se sintieron extraños en su propio mundo más no giraron su visión. Pasaron junto a los dos nazarenos, caballeros que saben del privilegio que los otros vivieron, y bastó fijar sus miradas en las acuosidades que brotaban de sus ojos para suponer someramente lo que acaban de vivir.
Ustedes no lo saben, pero el Viernes Santo, muy de mañana llovió la gracia de Dios, sobre dos buenas personas, premio a su gran corazón, les dejó visitar el cielo mientras la Virgen pasaba derrochando su Esperanza.

martes, 3 de abril de 2012

Los hijos de la ilusión


Hay una calma que reclama el amanecer, una serenidad que traspasa las cales de las viejas casas que pueblan las calles. Repta el aire esquivando las aristas de las esquinas en una búsqueda de las emociones. Hace ya años que las vibraciones del amor se van hilando por los perfiles de las aceras, que van tejiendo un manto de veneración en cada mirada, en cada súplica o agradecimiento. El ramillete de oraciones se acoda en el alfeizar de la memoria y de las salmodias brota el lustre de los antepasados, de los que fundieron su vida a la de la hermandad, los que ofrecieron sus esfuerzos  sin intercambiar más que sentimientos, una deuda que salda casi siempre con un momento de oración, con el intercambio de miradas que llegan a conformar el mejor de los diálogos.
            Desde muy temprana hora se conforman riadas de pisadas viejas que van marcando la pesada senda del tiempo, de pasos nuevos que encuentran un sentido distinto a su caminar, un reencuentro con el pasado que no han vivido, que corre ppor sus mismas venas signándolos para el futuro y por el que empiezan a sentir nostalgia, una extraña viveza que va perforando sus sentidos hasta que encuentran el yacimiento de una explicación, la solución al misterio que desemboca en la puerta de la iglesia, del edificio que comienza a ser viejo, que mantiene en su arcada de acceso todo el peso de la tradición y que ahora se aparece a ellos como el gran templo del entusiasmo. Retumban los pasos en las añejas losas descoloridas de tanto tránsito, de tanto guardar los secretos que han oído durante más de medio siglo. Se turban los muros por las súplicas que corren por sus maltrechas laderas hasta despeñarse y reposar en los recodos y dobleces de la madera del confesionario. Allí se retienen por una misteriosa fuerza, que las va concentrando, aglutinando en torno a los restos de un viejo confesionario que tiene memoria de santidad, de la abnegación del párroco que fue espíritu y vida de cuanto hoy es realidad, que no dudó en potenciar el mendicante poder de la palabra para obtener y conseguir que parroquia y hermandad disfrutasen del mismo estatus, que compartieran los deberes que se devengan del gran mensaje redentor.
            El germen tomó cuerpo y el mayestático proyecto se materializó para que hermanos de hoy, los que fueron sensación de futuro en el pensamiento de aquellos, pudieran formalizar sus devociones en el Cristo que fue abandonado por sus discípulos, a los que tanto amó, a los que tanto protegió, a los que tanto enseñó. No hubo obra más unida al barrio ni sentimiento popular más vinculado a la religiosidad.
            Ayer, lunes santo, las nubes volvieron a turbar los ojos de los hijos de la ilusión, a remover el espíritu de sacrificio de las generaciones que hicieron posible que lo cotidiano alcanzara la categoría de lo sublime. Jamás lo sencillo tuvo mayor refrendo ni mejor enjundia que demostración popular de devoción que vierte la gente de Santa Genoveva.
            Saben que el paso de los años nos van lastrando y retando momentos de emoción, que cada estación de penitencia no realizada es irrecuperable, que los momentos únicos que se repiten en cada revirá del paso de palio, los sonidos exclusivos que se oyen en la misma marcha procesional, que cada encuentro con el primoroso rostro de la Virgen de las Mercedes, no es reversible en la memoria más que cuando fondeemos nuestra nave en las mansas aguas de Su regazo y sintamos el acomodo maternal del abrazo de la Madre celestial. Entonces, solo entonces, podremos saldar cuentas de las emociones que nos fue privando la lluvia y comprender que los esfuerzos siempre tienen recompensa aunque ahora no podamos entenderlo, porque la gloria terrenal que se nos ofrece ahora, en el devenir de esta vida, no es más que un asomo de la que nos espera en el cielo. Y ese es el gran tesoro que guardan los hijos de la ilusión, los fieles devotos del Cristo al que nunca abandonan, de la Virgen a la que siempre aman, aquellos que iniciaron un paraíso donde otros sólo vieron un páramo.

lunes, 2 de abril de 2012

Congruencias e incongruencias en las Hermandades


            Es la condición humana la que debe soportar las amonestaciones que se ejecuten contra quienes toman una decisión, contra quienes tienen la potestad de arbitrar soluciones ante cuestiones inmediatas. El hombre que toma una resolución que repercute en la vida de otros ha de saber, cuando accede al cargo para el que ha sido designado, que cuánto ejecute, cuantas decisiones tome serán enjuiciadas por quienes se ven beneficiados o perjudicados por su fallo. Pero ha de ser coherente con su acción y tomar por memos, ni mucho menos jugar con los sentimientos a los que afecta su decisión. El errar es un derecho que tienen los responsables de las Hermandades y Cofradías y además es previsible desacertar, equivocarse y hasta mal interpretar la información que le llegue.
            Los medios técnicos con los que se benefician, en la actualidad, las Hermandades potencian los aciertos y si acaso éstos no concretan con la exactitud que se les pudiera exigir, siempre tenemos la posibilidad de comprender que cualquier solución habrá sido consensuada en una deliberación de los componentes de las diferentes Juntas de Gobierno y siempre con la mejor de las intenciones.
            Sacar una cofradía a la calle manteniendo dudas sobre las posibilidades de lluvia es una opción respetable, máxime cuando las incertidumbres atmosféricas prevalecen sobre las concreciones. Si en el momento de la salida no llueve, y tras cotejar y estudiar los diferentes partes meteorológicos e informaciones se decanta por realizar la estación de penitencia y la mala fortuna sorprende a la comitiva durante su itinerario con lluvia casi inesperada, es una cuestión de mala suerte. Se ha tomado una decisión equivocada, un hecho que entra dentro la lógica sentimental. Hay dirigentes cofradieros que se han manifestado públicamente, explicando de una manera más o menos razonables, que ninguna alteración atmosférica debe impedir la salida procesional ya que el fin último para el que fueron conferidas Sagradas Imágenes y enseres no es más que la concreción de la estación de penitencia, opinión que puede ser más o menos respetada, que tiene su debate y  porfía de pareceres. Pero sacar la Cruz de Guía a la calle, teniendo la certeza y constatando que una fuerte precipitación riega las calles de la ciudad, en ese preciso momento, me parece una demostración de irresponsabilidad, un hecho de inconsciencia, pues una estación de penitencia no es un acto de rebeldía contra los elementos ni una revelación jerarquizada de valentía y heroicidad, sino una expresión de protestación pública de la fe que nos fue transferida, un acercamiento a Dios mediante la meditación interior de la persona, que no requiere de hazañas públicas ni demostraciones de arrojo y valor. Imagino que para ello sería preferible alistarse a la Legión.
            Cuando una cofradía se pone en la calle debe mantener ciertas garantías de seguridad para quienes conforman el cortejo, que además son el mayor y mejor patrimonio de la Corporación, dejando aparte las Sagradas Imágenes que tienen otros valores supra naturales. Los Hermanos pueden manifestar su fe con otros comportamientos, con otras demostraciones colectivas que pueden realizarse en el interior de los templos y que vienen contempladas en las Reglas de las Hermandades cuando cielos se desploman sobre la ciudad, pero no necesariamente superponiendo el sufrimiento a la espiritualidad porque aquél puede traer aparejada indisposiciones físicas y tal vez con consecuencias irreversibles. No olvidemos que en la cofradía participan Hermanos de todas las edades, desde recién nacidos hasta personas mayores.
            Es necesario tomar conciencia de la importancia que conlleva pertenecer a la cúpula dirigente de las Hermandades y saber distinguir la razón de la sentimentalidad, aunque ello conlleve un esfuerzo en el ejercicio, y saber regular las emociones propias para conseguir el beneficio de todos.
            Tienen derecho a equivocarse pero hay que ser consecuente con las circunstancias obvias. A veces bastaría con sacar la mano por la ventana antes de tomar una decisión ante hechos como los que estamos viviendo desgraciadamente y evaluar los pros y contras de la toma de una decisión.