Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

jueves, 15 de agosto de 2013

Los tontos de turno

Añorarán las playas de María Trifulca. No puede ser otra cosa no de otra. Sino no tiene sentido este despropósito. Estas imágenes son las que nos colocan al mismo nivel de Gambia o o las zonas más deprimentes de la India. No tiene razón alguna esta mamarrachada. Pudiera ser también, que intentarán emular a los niños del Bronx, que para combatir el calor, en los gloriosos años cincuenta, abrían las llaves de paso de las tomas de agua de bomberos, y que tan bien recogieran los fotógrafos de la época. Vamos para atrás. Y lo peor es la trascendencia que irá tomando esto como algún turista haya tomado instantáneas de estos gachupines remozando, en plena plaza de Santa Ana, en una piscina hinchable, con sus botellines en las manos y las gayumbas al aire. Todo un prodigio del despropósito y del descontrol que sigue rigiendo en esta ciudad. No tememos arreglo.
Que unos niños se metan en las fuentes públicas, para evitar las altas temperaturas que asola Sevilla en los meses de verano, puede considerarse como actuaciones vergonzantes. Que en los barrios periféricos, donde se acrecientan y suman todos los males de los tiempos que corren –en algunos de ellos lleva corriendo este tiempo desde hace décadas-, se bañen niños desnudos en mitad de la calle, con una goma que sale de una ventana, ante jolgorio general, es una escándalo que sonrojaría a cualquier ciudadano de orden. Pero que en las mismas puertas de la parroquia de Santa Ana, en centro neurálgico del barrio trianero, no es más que la desvergüenza de unos descontrolados, de unos pocos que no tienen más trabajo ni dedicación que cometer estas atrocidades, para bochorno del emblemático, señero y señorial barrio.
Esto no es más que una gamberrada que no tiene nombre. El edificio que utilizan de telón es el templo más representativo de Triana, declarado Bien de Interés Cultural y centro devocional de miles de personas. Ignoro, porque no se aprecia en la fotografía, de donde procede el conducto que suministra el agua al portento de piscina pero todos los indicios deben conducir a alguno de los establecimientos comerciales del entorno, posiblemente del gremio hostelero. De ahí pueden tirar para depurar responsabilidades, para buscar a los gamberros que han provocado esta situación impermisible. Esto no puede quedar en una anécdota graciosa, en una mera historieta para agregar a los anales del barrio. Sin duda es un acto premeditado que debiera tener su sanción, como sucede en otros sectores de la ciudad, donde las carencias son patentes.
Las autoridades no deben permitir espectáculos de esta especie pues en nada benefician a la ciudad y mucho menos a los ciudadanos que ha sido degradados, minusvalorizando el patrimonio artístico y mancillando la centenaria historia, con todos los valores sentimentales, emocionales y devocionales que recogen las paredes del templo más antiguo del barrio, a los que sus vecinos denominan, con toda justicia, como la catedral trianera.
Este hecho deplorable no debe caer en el olvido. Máxime cuando estos inciviles e incultos, por no llamarlos gamberros, son hombres hechos y derechos. Lo digo por lo de la edad de los ínclitos. No iban a ser todos menores o jóvenes desarraigados desbaratando los bienes culturales de la ciudad. El carácter tercermundista de la foto no plantea ninguna duda. Con los botellines de cerveza en sus manos brindan y celebran la realización del hito. No se puede tener menos vergüenza ni menos consideración.
Es increíble. No puedo dejar de pensar para encontrar un hilo que ponga razón al despropósito. No lo encuentro. O tal vez hayan instalado un centro de alto rendimiento para mejorar la idiotez remojándose los cayumbos.
Por favor que alguien tome medidas, que estas sean severas no vaya a ser que se extienda la idea por la ciudad, que todo lo malo se pega, y veamos a los pies de la Giralda alguna de estas piscinas vergonzosas.

Que le laven el cerebro a estos individuos a ver si empezando de cero regeneran el intelecto.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Recuerdo de un recuerdo de mi madre

            
Debe ser producto de las ansias por recuperar ese tiempo perdido que se extiende en el vacío de la evocación, en esa franja donde moran los primeros recuerdos, las primeras visiones que se captan por el subconsciente y que quedan ancladas en el éter de la memoria. No tenemos constancia de ellos porque aún estábamos por desarrollar los instintos que nos fueron concedidos en la concepción. Es lástima grande no mantener constancia del primer beso de la madre, recién llegados al mundo, cuando nos posicionan en su regazo, ni tener el precioso testimonio de los ojos, en el inicio del llanto, cuajados de lágrimas por la felicidad de saberse madre. Podemos figurarlos con la imaginación, con el roce y el amor de los años enhebrando sentimientos y configurando un mundo que nos pertenece aunque la evidencia de la razón no nos posibilite proyectarla en la memoria.
            Quizás la memoria atenúe las sensaciones, fingiendo el descolorimiento de los ambientes y paisajes, convirtiéndolos en acuarelas grises, en situaciones donde se prevarica con las emociones, para protegernos del dolor y de las miserias de las leyes de la vida. Quizás nos prevengan de la nostalgia por las ausencias, de la añoranza de los brazos que nos sostenían y que nos elevaban para que nos viese la Virgen. No somos conscientes de estos gestos maternos, de la grandeza que encubren, pero sí nos dotó Dios de alma, que es como la valija en la que se depositan todas estas situaciones que creemos perdidas, todas estas emociones que supones nos son arrancadas porque no habíamos formado ni la conciencia ni la razón. Es el alma lo que nos subleva contra ellos y nos lo devuelve todo en esta singular forma de la recreación del tiempo que no nos corresponde pero que nos pertenece.
            Aún no ha salido el sol. Presiento que algo especial sucederá. Por los cuarterones de la ventana comienza vislumbrarse un primer resplandor, un grieta en la oscuridad que pronto se transformara en leve albor y que será radiante y sereno azul, rotundo para entoldar la ciudad de luz con su luz. Hay trasiego por las habitaciones contiguas y las luces del comedor se cuelan por la rendija de la puerta de mi dormitorio dotando de brillos al perfil de mi cama. Me gustaría preguntar qué pasa. He soñado con un caballo de cartón que se ha quedado en casa. Las pisadas son leves, no tienen mayor repercusión acústica que la del desplazamiento para no molestar. En la habitación contigua duerme mi abuela Carmen, que reposa en el sueño. No se ha levantado, ni lo hará porque está cansada de tanto trasiego de años y tantos madrugones para abrir la panadería y porque dice que ya está harta de pregonar y solicitar sueños que nunca llegan. Veo a mi madre asomarse, con disimulo y discreción, por la abertura que hay entre la puerta y el marco. Sonríe. Tal vez porque yo he sonreído al verla, al reconocer su aroma, al experimentar la misma alegría que ella siente por este reencuentro diario, por este reconocimiento protector que experimento cuando me toma en sus brazos y me acerca a su pecho. Los corazones laten al mismo son y me alegra esta posición que respalda la certeza de la entrega de la vida, con estas caricias que someten y estimulan mi alma, que acrecienta la sensación de amor.

            Me lleva en brazos por las calles. La luz comienza a tornarse clara. En las esquinas, sobre algunas fachadas, comienza a dorarse la cal. En el cristal de una de las ventanas de la antigua Audiencia vio reflejado mi rostro y el primer esplendor del sol. Hay mucha gente a mi alrededor. Tanta que no dejo de distraerme. Miro hacia un lado y a otro. Ella solo mira hacia el frente, intentando esquivar el muro de cabezas que le impiden asegurarse una buena visión. La música que llega me gusta. Se oye lejos todavía porque un grupo va cantando y pregonando salmos. Pero a mí me gusta el redoble del tambor. La tumbilla va apareciendo por la esquina de la Plaza del Triunfo. Mi madre, me coge por la cintura y me eleva sobre la multitud. Y entonces veo a la Virgen de los Reyes. No he cumplido aún el año. Pero ya he tenido frente a mí la primera visión de la Madre de Dios, que fue cómplice con mi madre para este hecho que muchos años después repetí siendo yo padre.

martes, 13 de agosto de 2013

Las chanclas de las madres

            
Ya estamos con lo de siempre. Culpabilizando a quienes no tienen culpa de nada. Las acciones de violencia contra el patrimonio de la ciudad, los actos vandálicos contra la naturaleza cultural, no tienen otros culpables que la sociedad. Lo de siempre. Pues mire usted, no. Yo no soy culpable de las faenas que vayan cometiendo por ahí algunos indeseables que no encuentran otra ocupación, para liberar sus frustraciones, que la de destrozar y demoler los bienes comunes. ¿Las causas de estos comportamientos? ¡Vaya usted a saber! Comienzo a pensar que no existen motivos congruentes para ello más que el vacío existencial de unas mentes convencidas de que el único valor importante, lo único verdaderamente trascendental para estos vándalos, es la obtención de cuánto quieren por la fuerza y de inmediato. Es un problema, por tanto, educacional. Ya no hay valores por los que luchar. Sólo materialismo vano.
En los centros educativos, con los constantes cambios en los planes de estudio, donde se ha llegado a obviar el valor pedagógico de la comunicación, el fomento del estudio por medio del esfuerzo y la entrega , para sistematizar los objetivos formativos. Ni siquiera se concede el premio al estudio, la distinción que añoraran otros, otorgándose una valoración mancomunada, donde las notas igualan a todos por lo bajo. Si progresa adecuadamente, lo hacen el que se ha dejado la piel, en nuestra época sacaba un diez, o el que aprueba por los pelos con un raspante cinco. El mérito no es igual pero claro la situación de desigualdad para éstos puede acarrearle problemas psicológicos que alterarían las conductas emocionales. El que se esfuerza ve cómo su dedicación lo equipara al desastre que se encuentra a su lado y que pasará el curso con un ochenta por ciento menos de esfuerzo de lo que él ha dedicado. Estos planes de estudios han vulgarizado la formación. Sólo la voluntad, ya lo decía Azorín, que por cierto muchos no saben de su existencia y del esplendor que dio a las letras hispanas este escritor, puede alterar los resultados finales. A los estudiantes de hoy, y no me refiero a los universitarios, que ese es otro tema, pues algunos no saben ni escribir correctamente su nombre, a esos niños que dicen serán nuestro futuro, no se les aplica ningún tipo de rigor para reconducir sus comportamientos, no se les puede reprender y mucho menos castigar, cuando cometen alguna imprudencia en sus acciones, en el anterior de las aulas o en los espacios comunes de los centros educativos. No hay más que darse una vuelta por las hemerotecas y certificar cuánto digo. Profesores acosados por sus alumnos, padres que agreden a los maestros, bajas indefinidas del profesora por depresión, ataques de los alumnos cuando son recriminados por sus conductas o destrozos en el mobiliario escolar, dando muestras del escaso aprecio que tienen hacia su formación. Enseguida iba a tolerar don Felipe que uno de nosotros actuara de esta manera, ni mucho menos levantara la voz. Y un don Felipe era un magnífico profesor y una excelente persona, al que sigo apreciando por cuanto me enseñó, dentro y fuera de las aulas, y eso que una vez nos tiró un martillo de carpintero porque le teníamos harto con nuestra desatención. La disciplina con la que crecimos nos hacía valorar las cosas, pensar para llegar a conclusiones, discurrir para solucionar problemas. Por eso, nunca se nos ocurrió, y fuimos jóvenes rebeldes, motivamos un cambio en la sociedad, que no se le olvide a esta plebe que pulula por las ciudades actuando como verdaderos vándalos, arrasar el mobiliario urbano por mero capricho, por el mero hecho de concretar la maldad o desasirse del aburrimiento. Los hecho que tienen unos culpables materiales y otros subsidiarios. Los padres.
Somos los progenitores que hemos desatendido la cuestión educativa, exigiéndonos compromisos para poder dar a nuestros hijos lo que no nosotros no tuvimos, sin darnos cuenta que fuimos unos privilegiados, seres escogidos porque tuvimos acceso al conocimiento de las cosas importantes y nos hicieron que la estructura básica de la sociedad era la familia, que si ésta funcionaba, con sus normas y sus obligaciones, funcionaría aquella. Saber que fuimos felices con nuestras condiciones vitales, sin tantos caprichos, ni tantos objetos y maquinitas que fomentan la incomunicación, nos permite poder enjuiciar la actual forma de vida.
Creo que soy una persona normal, que adolezco de complejos y que me siento realizado. No necesito liberar mis instintos –nunca lo he necesitado- destrozando cerámicas en el parque de María Luisa, derribando estatuas o mutilando las barandillas que embellecen el canal de la plaza de España. Prefiero otras actividades, lúdicas, culturales y deportivas, mucho más instructivas.

Hemos perdido el norte porque no hay regímenes disciplinarios en la base de la sociedad. No refiero a látigos ni a castigos excesivos corporales. Pero cuando en nuestra casa tenían constancia de alguna travesura, el profesor hacía llegar una queja o teníamos la mala suerte de ser sorprendidos jugando al fútbol en lugares prohibidos, que no eran demasiados, por el guardia urbano, lo primero que hacíamos, al regresar a casa, era abrir con cuidado la puerta, otear el horizonte del pasillo e intentar alcanzar la habitación antes que comenzarán las recriminaciones parentales o en culmen de las reprimendas, evitar el lanzamiento de chanclas maternal, un deporte que ha permitido corregir muchas vidas. ¡Qué faltita hacen ahora esas chanclas!

viernes, 9 de agosto de 2013

Margarita y nosotros

         
  Cuando llegan pensamos que seremos capaces de parar el tiempo, que la secuencia de los días se detendrá para que podamos hacer nuestra la felicidad. Pero no. El tiempo pasa inexcusablemente, en un tránsito voraz y veloz porque lucha por desposeernos de la dicha para hacernos sentir en la humanidad con la que fuimos concebidos. Es la ley de la vida, una jurisdicción que nos esclaviza en la consecución de la felicidad aún siendo conscientes de su efímero asentamiento.
            Cuando aparecen vienen recubiertos por la alegría y nos transmiten esta sensación de gozo que se ancla en nuestras almas durante cuarenta y cinco días. Llegan para participar en nuestras vidas, con esa sensación de angustia que les precede y que se desvanece con el primer, con el primer beso. Han pasado a ser parte de nuestras familias, adentrándose en el círculo íntimo del ser y abriéndose camino en la dura realidad que nos rodea. Asumen esta condición y conocen nuestras preocupaciones que empiezan a hacer suyas porque la sucesión de los años han tergiversado la inocencia de sus mentes y ahora son responsables jóvenes que han dejado atrás la candidez de la infancia con la que fueron recibidos.
            Parece que fue ayer. Han pasado diez años como diez suspiros. La pequeña es hoy una mujer. Cuando llegó venía enredada en la confusión, perdida en el desconcierto que suponía el desplazamiento de miles de kilómetros, ataviada con la sorpresa que significa el cambio de costumbres, de hábitos, sumida en la extrañeza de un lenguaje que no comprendía. Pero los niños son capaces de adecuarse a cualquier situación. Por muy adversa que ésta sea, camuflan sus angustias y retienen, con la inmediatez de la necesidad, los usos del lugar y hábitat nuevo.
            Margarita es una de las niñas de la primera promoción de bielorrusos que llegaron a la Macarena, huyendo de la atrocidad radioactiva que ensombrece los cielos de su país. Es una víctima colateral del accidente nuclear, el más grave de la historia, que tuvo lugar en Chernobil, y cuyos nocivos efectos sufren quiénes menos culpa tienen. Cuando llegó, apenas cumplidos los siete años, traía consigo un pasado atroz, desvinculada de su familia y terminando asilada en uno de los cientos de orfanatos que se reparten por la geografía de la Rusia Blanca. En nosotros encontró el arraigo familiar del que estaba tan necesitada, el cariño y la trascendencia doméstica de la que adolecía. Para nosotros significó el descubrimiento y el retorno a la sencillez, a la comprobación de la suficiencia que rige nuestras vidas y la posibilidad de corregir los excesos materialistas que atosigan la existencia. Ella es la medida que fideliza y fija el fiel de la balanza de las emociones.
            El martes se fueron, regresaron a sus domicilios familiares. Volverán a recibir los besos de sus padres, los abrazos de los familiares directos que asumen este viaje como necesario para prevenir los efectos de la radiación que pudieran poner en peligro su salud. Regresan sabiendo que tienen en Sevilla otra familia, el complemento de aquellas que les aguardan ahora con los brazos abiertos, y que les han acogido en sus hogares como si fueran parte de sus vidas. Estos niños lo saben y lo agradecen. No puedan ofertar más que cariño y amor.

            Margarita regresa a un hogar tutelado, a compartir espacios con otros niños en sus mismas circunstancias. Vuelve a su pueblo, en medio de una estepa desolada, económica y ambientalmente, para seguir dependiendo de la caridad de un estado en el que las carencias alimenticias son patentes, por muchos adelantos técnicos que procure la globalización tecnológica que nos esclaviza. Margarita vuelve a una casa donde los afectos son repartidos y la disciplina es una necesidad para poder sostener la convivencia. Ahora sólo le queda esperar y a nosotros, a sufrir la espera. Aquí tiene una familia dispuesta a acogerla, a luchar por superar las trabas burocráticas que nos imponen las premiosas administraciones –las de allí y las de aquí, que no sabemos cual es peor-. Solo queremos a nuestra niña. Verla sonreír, enfadarse, dormirse cuando se aburre, contar sus historias y ver cómo procura ser feliz dentro de un ámbito familiar. El martes se fue. Como somos hijos de la Esperanza, soñamos con poderla tener un día, definitivamente con nosotros, que no es sólo nuestro, sino el propio de ella.

martes, 6 de agosto de 2013

Al amigo

           
Creo haberlo referido en alguna que otra ocasión. Fue un hecho tan extraordinario que marcó una parte de mi juventud. No éramos más que unos jóvenes abriéndonos al comienzo de la vida, acercándonos al abismo de la mayoría de edad. Teníamos la sensación de formar parte de una generación que, a diferencia de las posteriores, signaría el comienzo de una nueva y mejor época. Ahítos de libertad, con la necesidad de encontrarla para perpetuarla, vivíamos en la expectación constante y cada día aparecía una nueva circunstancia para avivar los valores que luego nos servirían para quedar aislados en una sociedad neutralizada por el consumo y el materialismo. Frente a esto, luchábamos en el idealismo para intentar transformar el sistema, que comenzaba a quedar obsoleto. Aires de libertad que provocaban la apertura de las ventanas para que las estancias recobraran la luz y renovaran el vicio del ambiente, del enrarecimiento que la consumía.   
            No llegamos a entrar en el aula. Don Francisco Ortiz, el mejor profesor de literatura que hemos tenido, había anunciado su ausencia por enfermedad y la clase de física que le seguía apenas nos interesaba. Llevábamos una radio transistor que nos unía al exterior, al mundo inhóspito, a las noticias y la diversión de la música. Radio popular emitía desde los estudios que mantenía en la calle Vírgenes, un lugar que ahora se hunde en lo más recóndito de la memoria, abstrayéndonos al romanticismo. José Manuel del Castillo y Mari Carmen de las Casas amenizaban las tardes, en lo que hoy llamaríamos un magazine vespertino, con la diferencia de la calidad de entonces a la basura que se ofrece hoy, con un programa de ámbito local, donde la información giraba a las novedades que ofrecía la ciudad, a la cultura que se abría paso en la vieja Híspalis y al ocio que avenía desde los cines y los teatros hasta las novedades musicales. Era un espacio abierto al público. Nos enteramos que aquella tarde entrevistarían a Alberto Cortez, que andurreaba por Sevilla para presentar su nuevo trabajo discográfico. Por entonces nuestras preferencias musicales derivaban hacía el nuevo rock, con sello andaluz, de Triana, por la tendencia a la canción protesta de Serrat o de Hilario Camacho. Así nos presentamos en el estudio de Radio Popular. Al fin y al cabo sería mejor que dormitar oyendo la rutinaria voz del profesor de física y química y la tarde, en las postrimerías del otoño, comenzaba a declinar con languidez, a velar con su cálida luz las fachadas de las casas del barrio de la Judería.
            La entrevista no debía durar más de media hora. En salón estudio, al que se accedía tras subir cuatro tramos de escaleras, apenas nos hallábamos nosotros, cuatro en total –Manolo Cruz, José María Caamaño, Javier Rodríguez y yo-, dos periodistas y los protagonistas. En el pequeño escenario, un piano de cola. Comenzó el diálogo. El cantautor nos fue embelesando con su majestuosa dicción, con su música y sus poesías. Poco a poco, canción a canción nos fue ganando, a mí para siempre. Terminó el programa y allí seguimos encandilados por aquel hombre que demostró su sencillez y su excelencia poética. Siempre recordaré la canción que nos dedicó a los cuatro “que habíamos aguantado toda la tarde oyendo sus pamplinas”. A capela. Se levantó del piano y dirigiéndose a nosotros cantó cuando un amigo se va.
Concluyó su interpretación, con la emoción reflejada en su rostro, apostillando que es la mayor de las soledades perder a un amigo.
Ésto es la soledad. Un vacío que van ensombreciendo el alma conforme se acentúan las ausencias, conforme profundiza el arañazo de la nostalgia. Ésto es la soledad. Cuando un amigo se va, decía Alberto Cortez en su magnífica poesía musical, se va creando un vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo.

            Hace unos días se nos fue Javier. El amigo de la juventud que compartió aquel instante que nos embargó con emociones y nos descubrió que la vida y las emociones van unidas a la amistad.

martes, 30 de julio de 2013

Un pañuelo para María

           
 No conocíamos a María, personalmente, pero desde el primer momento en el que tuvimos noticias de su existencia, se entablo una relación en la que no quisimos confundir los términos. Nos negábamos a sentir pena, lástima, por ella. Nos producía una inmensa ternura, una gran alegría, saber que luchaba. Porque maría era una luchadora nata, una de esas personas que nacen predestinada al combate, a enfrentarse a la dureza de la vida. Yo la imagino alegre, rodeada de los suyos, en los momentos en las que la enfermedad le otorgaba un respiro, en los instantes en los que podía sentirse desasfixiaba del rigor del dolor, de la incapacidad que provoca y atenúa la libertad.
            La distancia no significa una traba. Apenas cruzamos el primer mensaje y ya habíamos limado las líneas kilométricas que nos separaban. Son esas cosas que pasan cuando tienes una responsabilidad que afecta a las emociones. Desde que acepte mi puesto quise desprenderme del oficialismo institucional que rodeaba el cargo, arrancar esa aureola con la que quieren imponernos. No sé si he logrado el propósito. Soy de los que piensan que la casualidad no existe, que estamos ligados a la causalidad, a los designios de la Providencia, que marca el camino y la fortuna. Desarraigar el oficialismo fue una de mis premisas. Pronto me dí cuenta de lo acertado de mis actitudes. El mejor patrimonio, el más valioso y precioso de los bienes de una hermandad, tras las Sagradas Imágenes, son sus hermanos, y los devotos que se acercan para crear un ambiente de confidencialidad entre Dios y ellos. Ése es el mejor de los tesoros.
            Los padres de María enviaron un email desesperado. La niña tiene tres años y padece una enfermedad muy grave, tanto que en su corta existencia, no llega a reconocer del todo las paredes de su habitación porque ha pasado, casi toda su corta existencia, en una estancia del hospital. María tiene una vitalidad excepcional, me decían. Y a fe que las palabras, aún en la frialdad de una pantalla de ordenador, que no hay cosa más impersonal, alteraron la tranquilidad de mi ser. Habían oído comentar, a una religiosa del centro sanitario, donde se trataba al niña, que la Virgen de la Esperanza hacía honor a su designación teológica, que eran muchos los sanados tras la invocación de su nombre, muchos los que había recuperado la fe y la vida cuando pusieron la suya en sus manos, cuando alguna prenda de su celestial ajuar se depositaba en su cuerpo, muchos que se había desprendido de sus dolencias refugiándose en su mirada y en su rostro. La desesperación de estos padres, la hija empeoraba, le hizo ponerse en contacto con la Hermandad. Desde Valencia llegó la llamada de auxilio. Pedían un pañuelo de la Virgen. Tenían la fe, de la recuperación de su niña, depositada en los encajes y texturas de una prenda que estuvo en las manos de la Madre de Dios. Nos demoramos un poco porque no todos los días se cambia este lienzo que atesora todas las gracias. El retraso provocó el llamamiento consternado de los padres, aún no lo hemos recibido y nos urge que María lo tenga. Este grito de auxilio aceleró los procesos. Le enviamos el pañuelo. Recibimos las emocionadas palabras de la madre en respuesta al envío. Quedamos en mantener correspondencia sobre la evolución de la enfermedad de María.
            Hace unos días, la especialista pediátrica que llevaba a la niña, se desplazó a Sevilla para participar en un congreso médico. Lo primero que hizo, me cuenta, fue desplazarse hasta la Basílica para ver a la Virgen y para darme las gracias por el envío del pañuelo. Aún ahora, cuando escribo esto me tiembla el pulso. María no ha podido superar la enfermedad y falleció a finales de mayo. Pero allí estaba la mujer, dándome las gracias y un abrazo, que traía de la familia, por las atenciones y por el bien que estaba haciendo el pañuelo, la prenda donde se aferran ahora unos padres desconsolados que se refugian en su blancor y sus ribetes, porque sus padres hallan consuelo en este trozo de tela en la alegría de saber que María reposa y se acuna en los brazos de la Virgen.

            Nada es casualidad. El pañuelo consuela y da alegría, como lo hace desde su camarín, cada día del año, La que se presenta ante nosotros para otorgarnos la gracia de la Esperanza. Ahora, ya conocemos a María.

viernes, 26 de julio de 2013

Martu Garrote, o la desvergüenza polìtica

No todo el mundo es igual. Ésa es la grandeza del género humano y la constancia del progreso y avance en las condiciones vitales. Gracias a la disparidad y la divergencia en la opinión se ha construido una sociedad capaz de resolver los problemas y acercar las conciencias. Esta línea argumental puede trasladarse al estamento político, a quienes la ejercen y viven de su condición, que debe confluir en la abnegación, la entrega y el servicio a quienes han puesto su confianza en ellos. No todos los políticos son unos corruptos, ni unos sinvergüenzas, ni caen ante los poderes fácticos que se han adueñado de los partidos políticos. Conozco algunos que han vivido en la dignidad, siendo consecuente con sus idearios y sus estilos de vida. No es que abunden, pero los hay que intenta servir a la sociedad. Conozco casos de personas que han creído en sus proyectos para mejorar la condición de los ciudadanos que han representado, que han intentado evitar la jerarquización de unos partidos. Incluso, en el colmo de la sensatez, han preferido marcharse a continuar en la obediencia borreguil. Sé de políticos que han sido refrendados con una sonora ovación, durante la última comparecencia pública, en representación de su cargo, en la presentación del pregonero de la Semana Santa, en agradecimiento a la entrega y dedicación en sus labores municipales, homenaje de la gente que la puso y de la que no estaban de acuerdo con su ideario político, y sin embargo obtuvo el refrendo que ni siquiera consiguió el alcalde, que estaba sentado unos metros junto a ella, ni el pregonero.
Ayer, una de esas políticas que tienen boca solo para exabruptos, para bufidos y maledicencias, se descubrió en una de las redes sociales más importantes, se definió como lo que es. Una miserable capaz de utilizar el dolor y la muerte de muchos inocentes, de ciudadanos que se desplazaban para encontrarse con sus familiares, para disfrutar de las fiestas, o simplemente volvían a sus casas para descansar tras la dureza de una jornada laboral. Una tal Martu Garrote, nombre que ya es una premonición sobre la actitud que mantiene esta mujer contra lo que considera sus oponentes, tuvo la indecencia de colgar en su cuenta de twitter una entrada en la culpabilizaba, de la muerte de ochenta personas, a los recortes que se han promovido, con mayor o menor acierto, por los actuales componentes del gobierno de la nación. Hay que ser miserable. A estas personas les vale todo y todo tiene su valor. ¡Qué lástima que se mantengan en sus cargos públicos a estos personajes! Se les paga con el dinero que las víctimas, o sus ascendentes, y ni siquiera se dignan a mostrar respeto a sus memorias. Las utilizan como lanzas para zaherir, como cargas de profundidad. Éso tiene su nombre y su definición en el diccionario de la lengua.
Esta Martu Garrote, que se proclama atea –está en su derecho y hasta creo que mejor para todos- debería tener la vergüenza de dimitir de los cargos que desempeñe en la ejecutiva de las agrupaciones municipales del partido al que pertenece. No se merece la sociedad mantener en su lides políticas a esta cobarde e indeseable que trafica con los sentimientos y el dolor, que especula con sus infames verborreas, que suele menospreciar a los menos favorecidos, a los que llama en sus blogs y sus cuentas de redes sociales “tullidos y pordioseros”. “Quien tiene boca se equivoca”. Quien tiene vergüenza y honor tiene el derecho a equivocarse y hasta poder rectificar. Sus reiteradas conductas y sus execrables manifestaciones son premeditadas. A no ser que sean producto y consecuencia de las juergas y botellonas de las que presume participar. Pero ni aún así, ni borracho se puede uno pronunciar con estos argumentos. Nos puede, señora, mantener sus idearios caducos con el dolor de las familias y las ausencias arrancadas de improviso.

Hoy hay muchas flores sobre ataúdes, muchas madres, esposas e hijos anegando la oscura madera de los féretros con sus lágrimas para que usted intente sacar partido y provecho. Hay que tener la valentía de ser mejor persona, de ser honrada y mostrar argumentos capaces de desbancar a sus oponentes sin socavar el alma y estriarlas con sus miserables palabras.