Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

lunes, 5 de marzo de 2012

Luz de marzo, luz de premonición

            Hoy llega la luz teñida de claridad, viene con matices de ausencias, con el cegador resplandor de las cosas recién estrenadas, el relumbre que anega las virtudes que se presienten con la ilusión renovada, nuevos ensueños que rejuvenecerán las emociones y que nos elevarán a la cúspide donde yace la nostalgia.
            Hoy la luz si es distinta. Es una luz preñada de inquietudes, de esencias que removerán el alma hasta exaltarla, que resanará las viejas heridas del tiempo, que recuperará las alegrías que estuvieron vegetando en las profundidades de la añoranza. Es esta luz única, que baña la tierra para dorar su gleba y construir escenas que solo son posibles en la circunspección de la menta sevillana y que misteriosamente se va imponiendo para ensalzar la melancolía que hace feliz a quien la recibe. Esto es sólo comprensible desde el punto de vista de los nacidos en esta tierra heredada de  la Híspalis romana, un estatus de sobriedad que adquiere dimensión de gloria con la embriaguez de la hermosura visual de una azulejo trianero, proyectándose al mundo  desde su localización en el alabastro donde fue depositado, por la reflectaría luminosidad de un rayo de sol espejándose en él. Es la incógnita que sólo se resuelve desde la locura; es el enigma que no tiene solución si no desde la paranoia, de la meticulosa divagación de las horas que se van difuminando en el espacio conforme los varales de una paso de palio son engullidos por las fieras fauces de una esquina y se reconvierta en nueva alegría a la visión de otros, que ignoran que esa misma figuración ya ha sido deleitada y consumida desde el averno contrapuesto.
            Hoy la luz viene anunciando la buena nueva de la recuperación del tiempo que creíamos olvidado, de aquella mentira que nos fueron imponiendo los días, las semanas y los meses sobre su imbatibilidad. Viene envuelta en la celosía de la presunción, de la inmodestia innata de su altanería, con el orgullo encumbrado sobre el pedestal que lo muestra con la galardón del fiero combate que acaba de librar contra las tinieblas, contra la oscuridad inmediata, que ahora sestea en los campos de la derrota, esperando el retorno de su gloria, del tiempo en el que se adueñe de la pesadumbre y las sombras prevalezcan anestesiando las emociones, alejándonos de los instantes que ahora son nuestros.
            Es esta nueva luz, premonición de la primavera, la que traerá los aromas antiguos, enfrascados en verdes copas árboles, mariposeando su contorno con albo aleteo de sus pétalos, para embriagar los sentidos, para recordar que la vida siempre emerge, que se deshace de las premuras manidas con las que se envuelven. Es la luz que va regenerando la existencia y las conductas que nos fueron transmitidas para hacernos irresponsables en nuestros comportamientos, de las emociones que nos sorprenden y nos arrollarán sin misericordia para hacernos  felices, pues ya lo mismo surcará  una lágrima la tersura de una mejilla o la sonrisas nos descubrirá la sensación de la exaltación de la dicha.
            Es esta misma luz la que planea desde los cielos inmaculados, sorteando las alturas de los confines de la gracia y desciende sobre los aleros de las azoteas, sobre las viejas y recelosas cúpulas de los templos para introducirse en sus entrañas por las linternas y sorprender al dorado labrado de un altar o inundar con su mayestático poder todos los espacios donde habitaban las tenebrosidades, donde se afincaban los recelos y donde vagaban los misterios, ahora resueltos y restituidos a la visión.
            Es esta luz de los primeros días de marzo la que nos devuelve la sinrazón, la desmedida frivolidad de las querencias y devociones, la que nos altera los índices del orden, la que nos provoca con la inmediatez de la dicha hasta exacerbar los sentidos. Es esta luz la primicia sobre la belleza, la que despereza la rutina y la vuelve menesterosa ocupación, en un ir y venir de emociones, en apresurarnos en la convicción de lo bueno que está por llegar, es la voz traslucida que nos pregona la ruptura del alma hasta que la Niña, que va a cumplir diecinueve años, regrese para suturarnos las heridas y recomponernos el cuerpo en mañana de un viernes santo, y repliegue su luminiscencia porque será eclipsada por el fulgor de la Bienaventurada, cuando la proclamada Bendita entre todas las mujeres anegue con su luz el cielo de la Resolana.

sábado, 3 de marzo de 2012

Sangre de sangre macarena


            Ayer volvieron a dar la nota. Gracias a Dios se prodiga este espíritu para disfrute de los sentidos y sus sones volvieron a llenar los espacios del universo macareno, ese cielo donde cohabitan la Gracia dirigida por Dios a los humanos y el Dios que quiso encarnarse en Hombre y auspició la redención desde la humildad. No es fácil concentrar tanta hermosura. Son estas cosas que convergen en la locura cuando se mezcla la divinidad y el sentimiento, la belleza y la deidad, lo sobrenatural recogido en ese entrecejo que es capaz de conmover los más sólidos cimientos de la fragilidad humana y la musicalidad que brota del esfuerzo y la dedicación, de la entrega amorosa y la recepción que se enclaustra en el corazón con sólo y único conocimiento de saberse acogido en la retina del Señor. Para los legos en estas materias artísticas, entre los que me incluyo, supuso la consagración del sentir de la gente que busca respuestas en la mirada inocente del Reo, en la serenidad del semblante de este vecino que asume su condición humana para asumir el gran reto de la Salvación de los hombre, de este Dios de la Macarena que es capaz de transgredir los límites de la Basílica para incrustarse en el alma de estos jóvenes, de conferir unos nuevos conceptos teologales tan sólo por oír la sinfonía de oraciones que surgen de sus cornetas y tambores.
            Ayer retornaron para cumplir con el rito que establece la evocación, esa memoria de la emoción que transmitieron los que le acompañan siempre, artífices y protagonistas principales que restan horas al ocio y al tiempo libre para que sus vástagos proclamen hoy la ofrenda de estruendosa armonía a la devoción de sus mayores, los que sienten correr por sus venas esa misma sangre que ahora riega de emociones todos los rincones del templo que guarda el gran mensaje, que retiene en las hojarascas de sus altares, en el labrado de sus enseres litúrgicos y en el repujado argénteo de la ventana del cielo, por donde asoma cada mañana la Madre de Dios, la gran manifestación del amor. Es el desprendimiento filial que galopa sonoramente por los espacios que van conquistando al silencio, que esparcen en la inmensidad de la gloria donde han instituido el estrado desde el que muestran el orgullo que provoca saberse antecedente de la locura, de la denostación de la  realidad que se ve sorprendida por una nube que la desenfoca y que luego humedece y abona los campos de una mejilla para que florezca el reconocimiento afectivo que sólo es posible desde la paternidad.
            Ayer cuando toda la musicalidad marcial de estos pequeños pretores anunciaban su presencia en las inmediaciones de la vieja puerta, por la antaño entraban los reyes y ahora la sobrepasa la siempre bienaventurada Virgen, para aventar a los cielos de la ciudad el caudal de su Esperanza, ya estaban ellos aireando pétalos, removiendo el aire con sus proclamas, alfombrando el marmóreo atrio con las emociones que pendían de sus ojos, para poner en conocimiento del expectante pópulo que se aproximaban sus vástagos, que las melódicas sonoridades ya nos acercan a la argéntea claridad de Selene imponiéndose en el firmamento para pleitear con el azogue de los luceros, al escalofrío que se descubren en las primera horas de la madruga, al mensaje que van entonando estos heraldos de las emociones que están por presentarse para anunciar la ventura del tiempo, del que es y del vendrá.
            Son el adelanto de la alegría, el anuncio de la victoria de la vida sobre la muerte, de la verdad sobre la argucia, de la justicia sobre la iniquidad. Son el avance glorioso que mantiene enhiesto el pendón de la Esperanza. Llegaron los sones de la banda Juvenil de la Centuria reflejando ilusión, mostrando la alegría del sentir de la gente de la Macarena. Llegaron, vieron y vencieron. Tras ellos sus mentores, los padres y madres que hacen posible el milagro. ¡Gloria ellos! ¡Gloria a sacrificaron sus momentos para exultar nuestros sentimientos!

viernes, 2 de marzo de 2012

Lucha a garrotazos


            Ahora va a resultar que algunos quieren proferir y enarbolar su limpieza de sangre política ensañándose con los que acaban de llegar, como si sus actuaciones en otra época no hubieran servido de escarmiento. Y lo que es peor, tiene visos de convertirse en un acto de venganza. Denunciar tropelías como las que se cometen cuando se pone en marcha el deditis para la adjudicación de tarea laborales profesionales y que competen al cargo que desempeñan en sus concejalías, es un ejercicio saludable porque se pone sobre aviso, y se mantiene la dignidad y la justicia que corresponde a la confianza delegada por la ciudadanía, a quienes osan a pensar que todo el monte es orégano y que pueden campar a su capricho por el campo de la política y el mando municipal.
            Mal está que se adjudiquen a dedo los trabajos y que las corresponsabilidades de las diferentes delegaciones sirvan para pagar favores o puñaladas por la espalda, que todo ha de haber en los campos del Señor. Mal está que se predique un ejemplo y nada más aferrarse al bastón de mando, se ejecute otro discurso muy distinto al que vociferaron cuando otros hicieron lo mismo, y con más saña aún, cuando mantenían el poder absoluto, con el agravante de sentirse vejados cuando descubrían los entramados qeu servían a sus intereses y que, en unas y otras estas ocasiones vienen a favorecer a allegados y familiares. Deben ser casualidades esta ejecución de criterios en el momento de la selección, que siempre se beneficie a los allegados más próximos, cuando las solicitudes para desarrollar el trabajo se guardan en cajas de cartón porque su excesivo número hace imposible un archivo más selecto.
            Que se guarden resentimientos entre la clase política me parece injustificable, pero entiendo que es la manera de socavar el ánimo de ese espécimen tan buscado por los jerifaltes locales, como es el voto del ciudadano. No me parece correcta la deontología con la que proceden unos y otros cuando manifiestan sus pareceres sobre el contrario, por el ejemplo que dan en muchas ocasiones que roza el bochorno, justificándose con el tan manido comentario sobre “la entrega total al beneficio de la sociedad”, que no dudo guarde alguna verdad en ello. No me parece apropiado que el poder se adquiera desprestigiando al contrincante, buscando en el cubo de la basura los errores o equivocaciones que haya podido cometer en su vida, sin importar las tragedias familiares que pudiera ocasionar. Aquí todo vale para denigrar la condición del que se encuentra enfrente, en vez de resaltar las virtudes de uno mismo como elenco para superar al adversario. Nadie muestra su verdadera capacidad quizás porque tienen miedo de verse sorprendidos en sus propias miserias. Hay que levantar muros con las indigencias del prójimo para que no queden al descubierto las nuestras. Hay un estilo en los comportamientos políticos que debiera cambiarse, o al menos ser consecuente con las actuaciones. Compaginar puñaladas barriobajeras con sonrisas falseadas sólo puede conducir al descreimiento o a la apatía más supina de quienes tienen que decidir periódicamente los que tienen que regir los designios de la ciudad o el país. Con la indiferencia de lo ciudadanía han ido creciendo históricamente los regímenes absolutistas más cruentos.
            Pero lo que es inaceptable, lo que es verdaderamente lamentable y preocupante sobretodo, es que desde los medios de comunicación escrita se potencie el revanchismo y la intolerancia. Hay que saber vender el ideario sin menoscabar la inteligencia de los lectores, sin tratar de adoctrinarlos en la vulgaridad. No todo el mundo está preparado para saber diseccionar la información, para objetivizar las opiniones a las que se enfrenta cada mañana cuando abre su tabloide, y puede suceder que se comiencen a sembrar odios y resentimientos irreconciliables, que de esto ya tenemos experiencia suficiente en este país. Aplaudir y auspiciar, cuando no justificar el enconamiento y la embestida, puede traer consecuencias irreversibles en el sentimiento del término político. Que ya ha pasado varias veces en la historia de este país. Aquí los problemas no tienen más solución que la ejecución de “donde las dan las toman” y “como tú lo hiciste, yo lo hago”. Ya lo plasmó perfectamente don Francisco de Goya, que además de ser un magnífico pintor –y su apellido proclive a la impertinente rima- fue un excelente visionario, en el cuadro “Lucha a garrotazos”. Se ve que hemos evolucionado muy poco desde entonces. Joder.
            

miércoles, 29 de febrero de 2012

Cinema Pardiso


Debe ser la edad, ésta sensación que comienza a reconcomer la temporalidad, a recortar las esencias que uno creía propias, inalterables, indestructibles y perennes y que ahora se muestran con una crudeza extraordinaria. He de reconocer que tengo una extrema facilidad para descubrir mis emociones, para destemplar las cajas donde se guardan mis más íntimas sensaciones, que la lágrima me tiene esclavizado y soy incapaz de contenerla en la vidriera destapada que ocupa un lugar en mis adentros, que siempre anduve por las fronteras donde se desarrollan litigios y mantienen sus pendencias la razón y el corazón. Casi siempre me pueden los afectos y me vencen los sentimientos.
            Dicen que uno con los años va adquiriendo un caparazón que le aísla y le endurece ante las vicisitudes que se le presentar en el diario quehacer, que nos vamos edificando murallas desde la que observamos, desde prevención de la lejanía, como se va descomponiendo el mundo sin que nos afecte. No es cierto, y que levante la mano quienes así se definan. Conforme vamos dejando atrás camino conseguimos obtener una visión menos dolorosa de la propia existencia para enfrascarnos en la misericordia y en la ternura.
            Sigo, por ello, enterneciéndome con hechos tan leves como la sonrisa de un niño, la pérdida de un amigo o ese cruce de miradas que mantengo, con un Joven Carpintero de la Macarena, que se vió procesado injustamente por quienes después pidió su redención, cada madrugada del Viernes Santo. Todavía no he resuelto este enigma que embarga mis emociones y sublima mi alma, un suceso tan extraño como vigorizante. Son misterios cuya soluciones no me preocupan  porque muy al contrario que los que me atormentan, éstos me reconfortan y gratifican. No importa que me sorprendan acuciando mis sentimientos con lágrimas en la audición de una copla o en la contemplación de una película, ni que me reprochen esta incontinencia en mis lecturas y torpezas literarias.
            Fue el pasado lunes. Ponían en la segunda cadena de televisión española esa pequeña obra maestra que es Cinema Paradiso, una película que me apasiona por las emociones que transmite y por los gratos recuerdos que me trae. La primera vez que la ví, creo recordar que el cine Cervantes, tuve que demorar mi salida de la sala veinte minutos. El final es apoteósico, una secuencia tan extraordinaria que conmovió mi corazón. Toda la vida pasando frente al protagonista –no voy a contar el desarrollo por si alguien no la ha visto aún, cosa que recomiendo ejerzan a la mayor brevedad- en aquellos recortes de cintas cinematográficas, toda la niñez recuperada, toda la valentía de la amistad mostrándose con crudeza extrema, todas las penalidades superadas por la gloria efímera del hombre revolviéndose en la memoria, asentándose en el espíritu y venciendo el raudo paso del tiempo, toda una deuda pagada con la reconciliación de aquellos besos que fueron robados a la visión de los espectadores por el timorato pudor y el falso recato de una sociedad cerrada, obcecada y reprimida. “Totó, vete y no vuelvas”, le aconsejaba Alfredo, el viejo protagonista, al incipiente creador que tenía frente así, al joven que aún mantenía fuerzas y esperanzas para la concreción de sus sueños y que en su pueblo se verían cercenados por la intolerancia y la incopmprensión.
            Es la banda sonora del gran Ennio Morricone, endulzando las escenas, desmembrando las partituras, según los actos, con bellísimas y cultísimas armonías que nos centra en ellas, que no nos distrae de la acción sino nos encumbra en sus cimas para descubrirnos cómo se escinde el corazón que se rinde a la primera  o cómo se eleva al sumun de lo magnifico del amor maternal cuando se esperan treinta años para depositar un beso en una fisonomía cambiada por el tiempo pero nunca es extraña, que siempre es reconocida.
            Todavía no me han podido los años, ni me he dejado arrebatar el derecho a la emoción, a no inhibirme ni a privarme de expresar mis sentimientos. Sigue llorando cuando las imágenes me conmueven y me siento libre. ¡Qué película más bella ésta de Cinema Paradiso!

martes, 28 de febrero de 2012

La bandera verde y blanca


            Hace treinta años que venimos padeciendo lo que llamo el desbarajuste de los ajustes. Hace treinta años cogieron una bandera –verde blanca y verde- y comenzaron a  pregonar las semblanzas de la identidad andaluza. La alegría con la que se pronunciaban logró atraer la atención de cientos de miles de incautos andaluces que creyeron, a piés juntillas, que efectivamente teníamos una identidad, con singulares características, algunos hablaban incluso de privativas condiciones idiomáticas –creo que es la única aseveración acorde a toda aquella verborrea sobre la identidad andaluza, pues hay estudios semiológicos y gramaticales que así lo demuestran-, con similitudes históricas a otra comunidades de la nación, que podíamos mantenernos con nuestros propios recursos en caso de la oportuna emancipación, que esto lo escuché yo en un mitin del Partido Comunista Andaluz, una tarde de finales de enero en el Colegio Nacional Padre Manjón, entonces no había consejerías de educación, ni comisarios políticos que impusieran los fracasos que han supuesto los diferentes planes de estudios alentados en estos tres decenios.
            Seis lustros llevamos aguantando este enarbolar las ilusiones de los andaluces, este maltrato de la hipotética identidad andaluza que vienen realizando los regentes de la dictadura. Cuarenta años decían que llevaba implantada la injusticia y la violación de los derechos de los ciudadanos. Treinta años llevan los actuales en los que se han encargado de pudrir la ideología que les hizo llegar a este poder. Tres decenios descomponiendo la convivencia, trastocando la historia y tergiversándola a su conveniencia este grupo de cumplidos y diligentes oportunistas que han politizado la vida cotidiana para utilizarla con fines lucrativos propios.
            Los cortijos, esos que decían que había que desamortizar, están ahora en opulentos edificios, en su mayoría palacios y casas principales que ha costado un fortuna restaurar, pagados con fondos públicos evidentemente, para uso y disfrute de unos pocos. Escasamente han socializado nada porque se han preocupado tan sólo cubrir huecos, conforme se deshacía la tierra a sus pies, con recursos propios, anatemizando a quienes se han enfrentado a ellos o defenestrando cualquier intento oposición en sus propias filas.
            Tras treinta años de bagaje continuamos el periplo por el desierto sin más perspectiva económica que la continua sucesión de subvenciones, este maná que se han inventado para poder sostenerse en el poder. Las industrias, que iban a florecer como setas, no han llegado; es más, el escaso tejido industrial, excepto tres o cuatro excepciones que vienen a confirmar la regla, ha desaparecido del panorama. Los hospitales siguen colapsados –económica y socialmente-, los parados siguen creciendo porque no se ha potenciado la especialización, aquí sólo quedan camareros o albañiles, bueno ya tampoco, porque esta dignísima profesión, a la que acudía uno como última posibilidad de llevarse un jornal a la boca, ha caído en desgracia tras la explosión de la burbuja inmobiliaria. Las autopistas -solo se han construido dos- que iban a cruzar de parte a parte el territorio andaluz, y que nos iban a poner en contacto con el resto de las comunidades autónomas como propulsoras del plan de desarrollo, que al final terminó en valiente plan- se han quedado pequeñas y en las que no es raro ver gigantescos atascos que invalidan su natural condición de comunicación.
            Aquellas banderas, aquellos cánticos, aquellas ilusiones, no han sido más que falsa moneda con las que nos han saqueado los sueños de la juventud, los ímpetus que manteníamos para construir una Andalucía por sí, para España y la Humanidad. La enseña verdiblanca no es ya más que un reducto en las quimeras de unos pocos, a las que también le han sustraído su propia y manifiesta identidad histórica. La única bandera verdiblanca con historia que conozco, con identidad propia, capaz de aunar sentimientos y procurar satisfacciones y gloria a gran parte de los andaluces, es la del Real Betis balompié, que sí nos da muestras de retener una taxativa y particular manera de entender la vida.
            Y a pesar de todo, a pesar de los sinvergüenzas, aprovechados y asesinos de ilusiones que nos gobiernan, yo sigo sintiéndome orgulloso de ser andaluz.

lunes, 27 de febrero de 2012

Tempus non transire


            ¡Qué sabemos del tiempo y de su paso, del discurrir premioso de los minutos, del lapsus de los siglos vencidos por el amor y la entrega! Hay un transcurso de horas que pugnan por mostrarse, que van desencadenando instantes hasta construir el basamento donde se sostienen las emociones, esos momentos que disputan la gloria a la efimeridad y que porfía con la fugacidad por grabarse en ese mármol blanco que se consolida en los sustratos del alma y que sólo se muestran cuando perece el sol de la conciencia.
            Es el tiempo que se inmortaliza en el temblar de una llama que se asoma a la muralla de cera, batiéndose desde la fragilidad de su pabilo para no verse cercenado por la brisa que penetra, elevando su majestuosidad para pregonar las excelencias de una sonrisa, el clamor de un llanto o la definición mayestática del dolor que se refleja en el péndulo que fija su punto gravedad en la mirada desquiciada por el martirio. Es el momento que se eterniza en la retina de la memoria y se plasma en el gran libro de intrahistoria personal, en las vivencias que jamás volverán a repetirse, aunque nos parezca similar el llanto de la candelería que se ha situado sobre el presbiterio y en cuya cúspide se alza la efigie sagrada, centro de gravedad del altar.
            Es la semipenumbra que va modelando los restos de la arcilla que conforma el recuerdo  y el sentir de los hombres y las mujeres que van visualizando las ausencias en la metódica disposición de las insignias, en el ordenamiento causal de los espacios, en la configuración de las luces que han de han de representar la recuperación de la  evocación. No hay pausa en este clamor, en esta sonoridad que arriba desde el silencio y que es capaz de demoler los graníticos muros que se han ido conformando en torno a la contemplación extasiada que Quienes nos convocan a la oración.
            Es esta intromisión en la intimidad, en la ruptura de la privacidad de la comunicación entre Dios y los hombres, que pasa a ser compartida por quienes intervienen en el momento del rezo, en esa proclamación conjunta que refresca el espíritu y mantiene la certidumbre de la consecución de la alegría porque cada instante es un recorte a la temporalidad, al acercamiento de la dicha que supone consagrarse bajo el hábito de la penitencia. Es la sustancialidad que toma cuerpo y se muestra para guiarnos por la senda que ha de conducirnos a la omnipresencia de la tradición, la imposición que nos signa en la conservación de nuestros recuerdos, de la transmisión filial que nos confirmó en la creencia y en la fe.
            Es la recuperación de los estadios que nos dignifican y nos elevan a la condición superior del espíritu, que nos reafirma en nuestra condición de hermandad y, por tanto, en la familiaridad que nos desprovee de cualquier envilecimiento, que nos desabastece de la estigmatización de lo superfluo para inmiscuirnos en la dificultad del amor, en la consagración de la ecuanimidad de los afectos, en esa sensación igualitaria que mana de la pureza de los sentimientos y que es capaz de revocar cualquier asentamiento de la maldad.
            No es tiempo de la derrota sino el de la consecución de los afectos. No es el tiempo que nos vence si no el que nos otorga la condición de lo fraterno. No es el tiempo que nos resta emotividad sino el que nos proporciona la serenidad suficiente para poder comprender que se nos presentarán de las maneras más extrañas. Es el tiempo que viene vencido ya por la cadencia de la luminosidad de un bosque cerúleo que ha sido cultivado para dejarnos ver toda la grandeza del hombre que creyeron Sentenciar y del que obtuvieron la libertad absoluta.
            ¿¡Qué sabemos del tránsito del tiempo si hoy como ayer siguen perpetuadas las emociones, si las lágrimas y las oraciones vienen encadenadas por las generaciones!? ¿¡Qué sabemos de sus discursos y sus pláticas si hoy como ayer, hemos visto pasar los siglos, aferrados al amor y a la devoción, en el estremecido flamear de una llama que dota de color y calor al Cristo crucificado que preside un altar de culto!? Sólo somos conscientes de la linealidad del tiempo y suele sobresaltarnos con la brisa de la emociones en el momento más inesperado.
            Es el tiempo vencido que retoma su razón de  ser cuando traspasas en el primer umbral del templo, rompes la primera oscuridad y por los ojos se introduce la visión del altar de culto devolviéndonos los siglos que creemos disueltos en el tiempo.

viernes, 24 de febrero de 2012

Sigue llamando a la puerta de tu corazón

            Es el Vecino que viene a su casa, a colmar su sed espiritual con el agua de su mirada, esa que mana en frenético caudal y desborda las murallas. Es el aluvión que va pregonando la humildad. Es el que observan desde las ventanas los que no pueden caminar, los que ciñen su existencia a una cama, los que ven sin mirar, los que sueñan con brisas de madrugadas que alivian todas las penas, que sanan las desdichas si te acercas. Es el rumor del aire acariciando su cara, la tenue luz de una lámpara que pugna vencer las trincheras de las sombras donde reposan las quimeras de jóvenes enamoradas, aunque el Doncel al que ahora observan tienen rendidas sus almas.
            Viene con sones de las auras, cánticos que se posan en los viejos alfeizares de las viejas casas donde se escribe con grafitos de sombras que reviven la nostalgia, que los acercan al tiempo que promueve los signos de la Esperanza. Viene rodeado de salmos  que recuerdan el monte Tabor, la pasión, el escenario que promueve el sufrimiento, la desolación que se torna en tres días en consuelo, en salvación de los hombres. Viene colmado de cantos que elogian su figura, que clama el perdón del pueblo, la rogativa piadosa de la condonación del dolor, de la culpa que exigieron al pretor sobre el Hombre que se proclama como único Salvador.
            Es el Cordero Divino exultado en los altares que transfigura sus esencias sobre el monte de claveles que figuran el calvario de las calles que pisó, las empedradas veredas que sintieron sus caídas, que escucharon la vileza de las palabras, que sintieron las pedradas matirizando al inocente, al que sin hablar clamaba el amor de los amores que sus llagas representaban.
            No hay clamores esta noche, ni estruendosa trompetería que profiera la alegría que conlleva ser portador de Esperanza, no habrá revuelos de lanas danzando en la madrugada, urdiendo la coreografía que en sueños configura otro vecino del barrio, aquel Juan Manuel que colmara y cubriera de oros y terciopelos, con primorosas puntadas, con bastidores del cielo, la desnuda dignidad del Reo y poder atenuar el injusto veredicto que ultrajaba a Quién es Rey de Reyes, aunque el pretor lo ignorara, aunque rompieran sus ropas los proclives a su muerte, aquellos sumos sacerdotes que no vieron ante sí al Dios de sus propios padres, el que los antiguos profetas anunciaban, al reconocido por el Bautista y que las aguas del Jordán santificara cuando sumergió su cuerpo para acercarnos a Dios. No habrá ondas de blancura que porfíen a la luna el argénteo privilegio de señalarle el camino, el tropel de un jubileo que se concreta en rodelas y armaduras, en cascos y golas. Es la noche y su azabache la que conforma y enmarca el retrato del dolor, el recuerdo de la pena, la ascendencia de la aflicción, remémora del sufrimiento para obtener la redención, el ofrecimiento del duelo de la emoción que se torna en oración, al arropar al hermano, el acercarnos al amor como síntoma indeleble de entender el mensaje que dejó.
            Esta noche el barrio se transfigura en escarpado monte donde se presenta el Señor para dirigirnos el salmo, para ofrecer el sermón a los bienaventurados hijos de la Macarena, a recordarnos que sólo desde el amor podremos postrar el rencor. Hoy surcará el cielo de la tierra, donde place el candor, donde habita la emoción y el sentimiento, donde reside el clamor de los ojos más bellos de la creación, para inundar de su gracia las veredas y las calles, para dejar constancia de su entrega, para ofrecer la indulgencia a todo aquel que pecó, para blindar corazones con su inagotable clemencia, para bendecir a cuántos se muestran ahítos de amor, para acompañar a los solos, para no hacer distinción. Hoy en la Macarena se levanta el tribunal que preside nuestro Señor, el  hijo de Dios hecho Hombre, que en María se encarnó, para dictar arbitrio sobre la clemencia. Hoy, primer viernes de cuaresma, en esta Jerusalén hortelana, sin clamores ni alabanzas, con retiro y oración, irá Jesús Sentenciado pregonando su inocencia.