Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

jueves, 31 de enero de 2013

Expiración


Seguía concentrándose un gentío ansioso por renovar el rito que conduce inevitablemente a la belleza. Las primeras sombras inundaban el perímetro de la plaza y la fachada del antiguo convento de la Merced, que recoge en sus entrañas las pinturas de Velázquez, Murillo, Valdés Leal o García Ramos, comenzaba a desquiciarse porque las luces esquivaban su hermosura. Quedaban atrás las prisas, las carreras sorteando cofradías que ya habíamos contemplado. La severidad de la Vera Cruz, la sobriedad enjugada con pinceladas artísticas de belleza, los esplendores populares de Santa Genoveva y San Gonzalo rasgando los perímetros imposibles de la distancia, el Beso de Judas volviendo majestuoso por la Cuesta del Rosario, venciendo los remordimientos de la traición y entonando perdón apenas se acercaba a la Alfalfa, mientras en San Andrés los toques a muerto de las campanas de la parroquia abrían a la emoción un senda por la trasladaba a Cristo a su sepulcro, a la tumba que debería convertirse en el primer testigo material de la alegría de la cristiandad y la Virgen de Guadalupe pregonaba su insultante niñez al aire de viejo barrio judío aunque ya comenzaba a sentir añoranzas por el regreso al arrabal que asomaba a las orillas del río, habían quedado atrás, ancladas las visiones en la memoria de un grupo de jóvenes que comenzaban a perpetuarse en las vivencias mejores del mejor tiempo de la ciudad .
            Corríamos presuroso, acortando el camino. Sentíamos bullir en el interior de nuestras almas la necesidad de la situación de privilegio donde poder contemplar el paso íntegro de la cofradía, desde la cruz de guía hasta los últimos aromas de las exóticas flores que acompañaban el enorme dolor de la Virgen. Las prisas ya quedaban para el retorno, cuando la satisfacción rebosaba el espíritu, y la hora establecida para el regreso a la casa, iniciaba la cuenta atrás. Ya no teníamos la necesidad adelantarnos para no quedarnos vacíos. La juventud nos imponía su vitalidad y no encontrábamos razón para el cansancio.
            Aparecían con la cadencia de los siglos, con dl compás del tiempo detenido. Eran figuraciones extrasensoriales, presencias fantasmagóricas que regresaban del pasado para instituirse en el presente, para dar testimonio de la encíclica que había vencido a la eternidad. Esperábamos pacientes, orillados en la estrechez de la calle, oteando la fuerza lumínica que resplandecía, venciendo a la oscuridad impuesta, en el orto de la plaza, sorteando la majestuosidad del laurel, a que fueran pasando los tramos. El silencio se imponía. La cruz de guía, franqueada por la estoicidad de dos nazarenos, al que le precedía el rigor y la seriedad de otro, que señalaba el camino, rasgaba el velo de la noche. Fluctuaba y ronroneando con el aire, acariciándolo con el balanceo del firme caminar. El rumor se transformaba en expectación. Con la majestuosidad de su concepción, se nos aparecía. Suspendido por el esfuerzo venía a concedernos el último hálito de su vida, la primera consigna para la salvación. Murmuraba a nuestro lado alguien, queriéndonos instruir incluso con el desconocimiento, que una vez llevó música solemne, armonías de banda de música que interpretaba composiciones de grandes maestros de las marchas procesionales, de Antonio Pantión, de Manuel Font de Anta. Y nosotros apenas podíamos dar crédito a las palabras del desconocido. Pera asumíamos la enseñanza, la agradecíamos con sonrisas, con silencios, pues no queríamos ahora perturbar aquella composición del tiempo, aquella conjugación del espacio, de las dimensiones, aquella representación visual que iría conformando la espiritualidad desde el entendimiento.
            Alzado, anhelando que un resquicio del aire de la ciudad anegara sus pulmones, contorsionado en la búsqueda del oxígeno, venía el Cristo de la Expiración, extramente oscuro, con la piel morena acrecentada por la intimidad que procuraba la oscuridad.
            El tiempo se ha precipitado venciendo a la memoria y la nostalgia. El pasado ha aturdido a este presente que se manifiesta de manera tan extraordinaria ante mí. Veo su cuerpo como lo apreciaba en las noches de los lunes santos de mi juventud, buscando el oxigeno de mis vivencias para retornar a la vida, empujando su cuerpo hacia el cielo sevillano. Lo veo ahora como no lo adivinaba antes, apreciando la belleza con que fuera concebido, con la pulcritud y el esmero con el que lo vieran sus coetáneos. En el museo ha resucitado, al esplendor de su origen y al magnificencia de su creador, el Cristo que Expira y vence constante e inexcusablemente a la muerte, el que Cristo que da la vida y nos el aire para redimirnos

martes, 29 de enero de 2013

El cartel de la Fe


El Señor sigue siendo centro de fe. Nada tan imponente, nada tan extraordinario para concentrar la atención. Es imposible distraerse cuando nos enfrentamos a su mirada. Su presencia sobrecoge y sobrepone el misterio que toma asiento en el mismo centro del alma. Contemplarlo es conversar con Dios, sin tener que pronunciar palabra alguna, es mantener la esencia de la creencia que nos conmueve. Creer es sentir y se siente con su ausencia.
He referido, en algunas ocasiones, que soy un hombre con suerte, Hay una estrella en el firmamento que vela por mí, que me protege, que me concede gracias a las que no soy merecedor. Y debo dar gracias a Dios por ello porque en estos difíciles momentos por los que atravesamos, en los que se vuelven algunas personas te dan la espalda creyendo que quieres trasladarles la desgracia, sigo sintiendo el apoyo incondicional de mi familia, de los amigos y, sin duda,  la que me proporciona la bienaventuranza implícita en la fe, en la creencia de Providencia, en la fe que se manifiesta con signos inequívocos de protección. Me acuerdo de los dichos de mi madre, incrustados de pensamientos populares. De todo se sale.
Viendo el cartel de Daniel Puch, que nos lleva de inmediato e irrevocablemente a la celebración del vía crucis extraordinario, que con motivo de la conmemoración del Año de la Fe tendrá lugar en nuestra ciudad, en apenas quince días, me dejado vencer por la memoria.
Va a hacer diez años ya. El tiempo no muestra misericordia con quienes nos enfrentamos a él. Se sabe superior y se enquista en el dolor para convencernos de su absolutismo. Dos lustros que no parecen sino dos suspiros, una vez el aire ha ido rasgando el velo de la edad. No es el surco de su arado lo que nos concita a la nostalgia. Ni siquiera la memoria puede condonarnos los remordimientos. El tiempo, desde aquel día, se convirtió en la indolencia misma, en la mentira que nos supedita en el tránsito por este valle de lágrimas. He visto como los días se han ido sucediendo, con la miscelánea propia que marcan los avatares diarios,  hasta conformar una red de vivencias que han marcado el devenir de mi existencia desde entonces. Va a hacer diez años ya. Catorce hombres vencidos por el fervor al Señor que todo lo puede y a la Virgen que es capaz de hacer temblar los pilares mas ciertos de la emoción. Un grupo de hombres, que con el paso del tiempo supieron fundir sus sentimientos en las solidas bases de la amistad, que se reunían para preparar los actos conmemorativos del Centenario de la Concordia entre la hermandad del Gran Poder y la Macarena. Empezaban a concretarse los actos que se había preparado durante todo un año, los actos que refrendarían la conciencia fraternal que transmitiera, a nuestros antepasados, el beato Cardenal Spínola. Aquella sería la última sesión preparatoria, la última de las reuniones que celebrábamos. Había pasado la medianoche hacía tiempo porque el reloj de la torre de San Lorenzo había lanzado tres gemidos. Los secretarios nos habíamos retrasado, con respecto al grueso del grupo, porque queríamos terminar la confección del acta de aquella sesión. Cuando hicimos acto de presencia en el casinillo, los compañeros ya habían rezado al Señor y me apené por no haberle podido dar gracias. Pepe León, hermano mayor entonces y un caballero al que siempre tendré en mi memoria por la amistad ofrecida y las deferencias que sigue mostrando hacia mi persona, me invitó a que pasara a la basílica, indicándome que solo, en aquella inmensidad,  no sería capaz de permanecer ante Él más de dos minutos. El espacio se presentaba a mi visión como el gran templo donde rezaba el mismo Jesús. Mis pasos resonaron en el vacío, con la oscuridad anegando el templo. Sentí el peso de mi valentía aletargando mi caminar hacia donde intuía se encontraba el reclinatorio. Toda mi atención se concentro en el altar. Una tenue luz ofrecía el rostro de Cristo a mi visión. Me arrodillé en aquella soledad absoluta. Volví a alzar la vista. Y allí continuaba. Dios mirándome, alertando mis sentidos, alejando mis miedos, concentrando todo el Poder de su bondad en mi maltrecha condición humana. Allí estábamos, enfrentados el Uno al otro. Yo había entregado mi soledad y angustia a su Poder. Desde ese día mantengo la certeza, la completa seguridad de que Dios existe, de que nada me puede pasar. Entendí que tantos y tantos hermanos se conciten a su alrededor. Dios está presente entre nosotros desde hace dos milenios y habita en San Lorenzo.
El cartel de Daniel Puch simboliza la creencia del cristiano y resume, en el sufrimiento de su rostro, la fe en un beso que posa en su talón cualquier viernes del año.

viernes, 25 de enero de 2013

Los del piso de abajo


            ¡Qué magnífica presentación la realizada por la comparsa “Los del piso de abajo”, de Jesús Bienvenido! No puede ser más adecuada y representativa de la situación que viven casi seis millones de personas, que son muchos millones de familias. El infierno. Quienes padecemos estos desagradable y convivimos con estos desagradables avatares, los efectos de una crisis que consume en el fuego sus ilusiones y escasos recursos, nos identificamos con el paisaje que se reproduce sobre la escena del teatro Falla.
            Los datos ofrecidos por la última encuesta de población activa, que a este paso tendrá que cambiar su denominación por la de encuesta de población inactiva, sitúan a nuestro país en la cabeza de la desgracia del paro en la comunidad europea, un triste y sangrante honor. Los parados ya no sólo se preocupan por intentar rehacer su vida laboral sino que pierden cualquier atisbo de ilusión, porque las repercusiones sociales y familiares son extremas. Los desahucios aumentan en la misma proporcionalidad que lo hacen los índices de la paralización de la situación laboral, mientras esos comedores sociales, y no me refiero a las instituciones benéficas que están sosteniendo y paralizando el levantamiento popular, algo que debía de ser reconocido a instancias gubernamentales, siguen inmolando a trabajadores en sus nefastas actuaciones. No hay ni siquiera fuerzas para la protesta. La vida sindical se ha limitado, en lo últimos años, a vivir de la sopa boba. Las innumerables aportaciones económicas, que hace que sus principales dirigentes vivan en condiciones extraordinarias y excepcionales, posibilitando el disfrute viajes de lujo y cruceros de ensueño, han adormecido a la clase obrera. Estas inyecciones monetarias, y millonarias, solo han servido para narcotizar la verdadera esencia de los dirigentes de las clases obreras que además ha sido engañada con alucinaciones llamada sociedad de bienestar, enunciación repetida hasta la saciedad por los políticos que han venido gobernando durante los últimos quince años, unas gestiones políticas y económicas que sustentaban solo mentiras, que nos procuraron una situación ficticia y que a la postre, se saldó con el endeudamiento excesivo de las clases menos pudientes, a las que vendieron la utopía de creernos europeos, para que el tiempo nos ratificara como ciudadanos del norte de África.
            Esta situación de emergencia requiere medidas de emergencias, decisiones que no sólo afecten a los ciudadanos de a pié, que no lacere tan sólo a esa parte de la sociedad que comienza necrolizarse. Ayer se presentaron ochocientas mil firmas en el congreso de los ineptos, perdón, de los diputados para que se iniciara el trámite de la creación de una nueva ley que obligue a los bancos, cuando ejecutan los desahucios, a cancelar la deuda con la vivienda requisada. Eso sería lo justo. Solo hay que redactar el papelito, con sus términos jurídicos bien explicitados, y presentarlo a la consideración y votación para que sus señorías convirtieran sus palabras, fuera del hemiciclo, en una ley que vertiera justicia sobre la iniquidad con la actúan las entidades financieras. Claro que se me olvidaba que estos mismos bancos, sobre los que habría que actuar de inmediato, son los que les financian sus partidos y, por ende, sus lujosas vidas, mientras el resto de la sociedad se hunde en lodazal de pobreza. ¡Qué razón tenía Víctor Hugo! Los pobres siempre serán pisoteados y considerados como miserables.
            Sin duda alguna, al tiempo y quiero equivocarme, esta proposición de ley que ha solicitado una gran parte de la ciudadanía de este país, a los estos señores dicen representar, y a los que no se cansan de engañar y hasta maltratar con sus falsas promesas, en los periodos electorales, o cuando se encuentran en la oposición, tardará mucho tiempo en ser considerada, eso si no cae en el mayor de los olvidos, ninguneando unan vez más a quienes les procuran su majestuosa forma de vida.
            Por eso me parece extraordinaria la presentación de la comparsa de Jesús Bienvenido. Se lo han puesto a güevo. Unos viven en piso de arriba, con confort y seguridad, con platos calientes que les son servidos por un séquito de criados y otros, la mayoría, en el infernal sótano donde toda escasez tiene asiento, donde las penurias van cubriendo la existencia, pagando con sus deudas el enriquecimiento de una parte de la banca desvalijada por ellos mismo. Así estamos. Ésta es la sociedad del bienestar que nos prometían. Por lo menos calentitos estaremos siempre que a Pedro Botero no le dé por imponer un impuesto para poder vivir en el infierno.

miércoles, 23 de enero de 2013

Fe es cuestión de Fe


            Encontrar el camino de la existencia es algo trascendental. No hay conciencia que pueda desligarse de la verdad. Todo tiene que tener alguna explicación y esto, sin duda alguna, conlleva irremediablemente al encuentro de la razón con la fe. Hasta los más desaforados defensores del agnosticismo han llegado a plantearse la existencia de una fuerza que alimenta la vida, que procura nuevos horizontes y descubre las posibilidades de una esencia sobrenatural que procura la concreción de los hechos. Nada es casual y tiene un origen desconocido, todo se conforma en una fuerza gravitatoria que entronca con la creencia.
            Hay una materia que organiza y establece un orden en las actuaciones. Si miramos a nuestro alrededor podremos ver miles de circunstancias que van condicionando nuestros comportamientos, condiciones que se manifiestan para motivarnos, situaciones contextuales que nos llevan a conclusiones extremas. ¿Qué o quién nos dirige? ¿Es una fuerza supranatural o es la concreción de la casualidad, la síntesis de una concatenación de hechos que se resuelven albur de una suerte?
            La duda no es mala, porque nos provoca y nos alienta a solventar problemas, a deshacer entuertos y desenredar encrucijadas. Gracias a ellas hemos ido evolucionando, dotando a la humanidad de nuevas y mejores condiciones de vida. La duda no es pecado. Sopesar la existencia de Dios no es más que una consecuencia de la condición humana que nos vulgariza. Casi todos los grandes pensadores han expresado su incertidumbre ante el hecho de encontrar una respuesta a este dilema. ¿Existe Dios? ¿Hay un ser superior, hacedor de las cosas que contemplamos? Albert Camus tuvo la primera certeza de la posibilidad de un creador todopoderoso en la recta final de su vida, aún ignorando que se la iba a truncar un accidente de tráfico, tomó la determinación de querer ser bautizado. Una decisión que entrañaba una gran responsabilidad para quien defendió durante muchos años su agnosticismo, o al menos mantuvo una duda razonable, sobre la existencia de Dios.
            Albert Camús, francés de nacionalidad pero argelino de nacimiento por la casualidad de la ubicación laboral de sus padres, caminaba por una calle de la capital argelina, cuando apenas contaba quince años, conversando tranquilamente con un amigo cuando fue sorprendido por unos gritos, por la gran congoja de una mujer, que abrazaba a su hijo muerto como consecuencia de su atropello. El padre gemía en silencio, algo apartado del stábat mater que se le presentaba. Observando la imagen del suceso, el joven Camus señaló a su amigo, con la mano izquierda, alterado por el gran dolor que se le presentaba, la tremenda escena mientras alzaba al cielo su mano derecha y profería, como justificación a su incipiente agnosticismo, la lapidaria frase ¿Dónde está Dios? Si existiera no hubiera consentido las lágrimas de esta madre. Solo el vacío y la soledad pueden constatarse. Sin embargo jamás dejó de plantearse la búsqueda por encontrar una explicación que justificara la existencia de Dios de Todopoderoso, del Ser que se convierte en razón de ser y en fuerza centrífuga para motorizar la existencia del hombre. Y halló un motivo que justificaba su concreción: la fe. El hito que es capaz de conmover los cimientos del universo. En ella se radicaliza y conforma la creencia. Sin fe no hay esperanza.
            Howard Mumma, pastor metodista con el que dramaturgo y pensador francés mantuvo una amistad entrañable, relata en sus vivencias aquellos encuentros y cómo pocos días de su fatídico accidente llegó a confesarle su acercamiento a Dios, con una frase que desmitifica y revela su distanciamiento del agnosticismo. “Amigo mío, ¡voy a seguir luchando por alcanzar la fe!”
            La fe es un compromiso personal, difícilmente transmisible si no hay dudas y es el vehículo y el artificio para deshacernos de la soledad. Sin fe no hay esperanza. Sin fe no podremos encontrar el hermoso camino de la salvación, ni alcanzar los paradigmas de la tranquilidad espiritual que puede llegar a conseguirnos un lugar en la eternidad. Gracias a la fe puedo reconocerme en mis pensamientos, alinear mis conductas y manifestar mis sentimientos sin tergiversar la esencia de la razón. Fe y razón se alinean para conseguirnos una mejor condición de vida. Creer en Dios es un premio que ayuda a sustentarla en comunión con muchos otros.

lunes, 21 de enero de 2013

La esencia de la tradición


Los carnavales de Cádiz ya tienen su preludio. Ha comenzado la fase preliminar del concurso de agrupaciones en el teatro Falla. Esta antesala de la cuaresma, esta expansión de la fiesta gaditana, ha tomado tal arraigo que ha traspasado las fronteras autonómicas y está asentándose en todo el territorio español. Me decían ayer que incluso se han inscrito, para la presente edición, agrupaciones carnavalescas de Salobreña, que si no me equivoco es un hermosísimo pueblo santanderino. Y la cosa tiene su valor. Que suscite tanto interés en un pueblo de Cantabria es síntoma de la grandeza de la fiesta que se universaliza y por lo tanto se desacraliza de su esplendor popular para convertirse en piedra angular de la especulación económica y social, perdiendo todo el inmenso valor  sustentado en el sentimiento popular. ¡Qué puede añadir al patrimonio carnavalesco de Cádiz estas agrupaciones foráneas! ¿Hay carnaval en Salobreña? Se están desvirtuando las cosas hasta extremos inconcebibles.
Hace unos años, unos amigos y cofrades de Ciudad Real, depositaron en mi persona su confianza para pronunciar una conferencia, ante un nutrido grupo de ciudadrealeños, sobre la Semana Santa de Sevilla y su influencia en la de la ciudad manchega. Tuvieron que insistir bastante porque, entre otras cosas, no tiene ni la más remota idea sobre aquella y castellana vieja celebración pasional. Para ello, y dado mi total desconocimiento sobre la configuración de la misma, me informé profusamente sobre sus costumbres y sus tradiciones, sobre cómo se conformaban las cofradías y cómo realizaban sus estaciones de penitencias. Me instruí y pude descubrir una hermosa manera de expresar el sentimiento, de cómo la fe puede articularse tan sobriamente y tan majestuosamente. Era una forma distinta de entender la religiosidad popular y que anclaba sus devociones en la noche de los tiempos. Siguiendo la invitación y la sugerencia de la asociación anfitriona, nos fuimos unos días antes, con el fin de asentar mis escasos y precarios conocimientos sobre la celebración de la pasión, muerte y Resurrección del Señor sobre el terreno. Y mi sorpresa fue extraordinaria. Muchos de las imágenes titulares de las hermandades de la ciudad, fieles a los estilos castellanos y manchegos, fueron sustituidas por otras barrocas, buscando la similitud con las de Sevilla; la tradición musical fue denostada, sustituida súbitamente por acordes de agrupaciones musicales en boga en nuestra ciudad; incluso los hábitos penitenciales centenarios habían sido copiados. Todo para asimilarse a la celebración pasional de Sevilla. El acervo devocional, fervoroso y cultural, fue guillotinado para implantar un sucedáneo de la semana santa sevillana. Creo recordar que mi alocución, alterado por aquella destrucción de la tradición ancestral, fue un verdadero desastre, porque no pude reprimir mi indignación por la supresión de tan magnífico patrimonio local, aun cuando se tratara de emular la grandeza y esplendor de la mejor semana santa del mundo, que es la de Sevilla. No hice alusión ninguna a las cofradías y las tendencias sevillanas que implantaban en sus hermandades. Ni siquiera hice mención a mi hermandad. Me limité a exteriorizar mi indignación por cuánto ví. No lo pude evitar. Indudablemente ya no volvieron a invitarme a ningún acto más, como era la intención de mis amigos. Eso si no llegaron a proclamarme persona nom grata. Pero me parece una monstruosidad que se sustituyan tradiciones ancestrales por otras tendencias foráneas, por muy bella y excelsas que éstas sean.
Por eso me parece grave lo de las agrupaciones carnavalescas de otras regiones en el concurso gaditano. Porque desconocen el sentimiento que se imprime en la razón y el ser de los nacidos en la Tacita de Plata. Este tipo de actuaciones desnaturaliza las propias y pasa lo que ya ha pasado sobre el escenario, que se ridiculariza a quienes no tienen más que buena voluntad y deseos de participar en mejor concurso de agrupaciones carnavalescas del mundo, y que me perdonen las de otras latitudes. Ya lo sentenció, en una ocasión, Juan Carlos Aragón, en su chirigota hippy, cuando nominaron como Patrimonio de la Humanidad, y en uno de sus pasodobles concluían. “Cádiz patrimonio de la Humanidad./ Y un mojón pa los humanos/ Cádiz es de Cadiz na más/ y es patrimonio del gaditano. Y esta filosofía del ombligismo –que aplaudo- ha protegido la esencia de su más valiosa tradición. La universalización es buena para la ciudad, para el sustento económico de sus ciudadanos, pero que ésto tampoco sirva para tergiversar el verdadero sentido de sus carnavales.

lunes, 14 de enero de 2013

Una gran obra de arte


Hace unos días fue presentado el cartel de las fiestas de la primavera de esta ciudad. Un cartel que ha sido realizado por el pintor sevillano Chema Rodríguez y que no ha dejado a nadie indiferente. O mejor dicho, y haciendo gala de la verdad, ha dejado a mucha gente, muchísima, indiferente. Y no porque no esté bien realizada, que lo está; ni por la técnica empleada, que raya la perfección. Es que es algo sosín en su temática, en la forma de entender a la ciudad y sus fiestas.
Si hace unos años, muy pocos, se hubiesen abierto las puertas a la creación, a la innovación y la inventiva otro gallo nos cantaría. Las ideas parecen que se han congelado, que no hay más salida que la de no caer en la hoguera de las críticas. Se va a lo seguro, a no provocar el alzamiento de las emociones, a desarraigar cualquier indicio de valentía, banalizando las emociones y sintetizando las sensaciones. Los artistas se ven coartados por sus propios miedos y optan por creaciones sin valor argumental, a veces hasta huyendo de sus propios conceptos artísticos, de los estilos que han venido desarrollando y defendiendo durante sus trayectorias. Y todo es designarlos para la elaboración de uno de los carteles importantes de la ciudad y se dejan absorber por la vorágine del miedo a las críticas, a los qué dirán que tanto daño hacen a la evolución de las tendencias artísticas. Por eso me gustan a mí tanto los carteles de Ignacio Cortés para las fiestas de la primavera (1995)  o el de Ricardo Suárez (2004) y Nuria Barrera (2011) para la hermandad de la Macarena, porque solo mantienen la idiosincrasia por la que se distinguen sino que incluso innovan y aportan nuevos conceptos y se apartan del servilismo tendencioso.
Sin duda alguna el artista ha expresado su visión sobre las celebraciones más populares de esta Sevilla nuestra que no deja de sorprenderse a sí misma. Pero hay mucha atonía en la creación. No hay secuencias que conmuevan y atraigan. El cartel, amén de ser una obra de arte, un concepto de expresión para los pintores, debe ser creado para atraer la atención, mediante la exposición de los valores que se pretenden anunciar,  del observador y para desviarlo de su principal fin.
El cartel de este año, que debe anunciar las principales fiestas de la ciudad, entiéndase la Semana Santa y la Feria de Abril, es una magnífica obra de arte, un excelente retrato de una joven que parece pasar de cualquier situación festiva, con la mirada ausente y desprovista de la alegría que prima en ambas celebraciones. Si ha querido dotar al cuadro de un valor simbólico lo ha conseguido a la perfección. Pero hemos de considerar que es un llamamiento a compartir sentimientos, júbilos, felicidad y hasta gozos. Sevilla es una hermosa niña, sin duda, y el autor de la obra así lo manifiesta en esta concepción. Pero le falta calidez, le falta transmisión. Sugiere muy poco de la Semana Santa y ni siquiera tiene el vigor colorista que provoque efectos y concentre la atención del observador. No es trayente a la vista.
No me parece, es mi subjetiva opinión, que refleje el sentir y el calor de las fiestas de la primavera de la ciudad. Y no nos olvidemos que será principal referente para abrir las puertas de los foráneos, de quienes pueden optar por visitar la ciudad en esos días. Un cartel que será la ventana que se abrirá en los congresos internacionales donde se pretende divulgar las excelencias de nuestra tierra, que se situará en un lugar privilegiado de los stands en los congresos internacionales de turismo y que no cumplirá su principal función, la de hacer entrar por los ojos las virtudes y esencias de nuestras fiestas de primavera. Menos mal que la ciudad en sí ya es el mejor de los reclamos.
Cada maestrillo tiene su librillo, que diría mi madre. La excepcionalidad de la Semana Santa y la Feria de Abril merecen otra visión. Echamos de menos la creatividad y la originalidad. A mí, ésto de las tendencias continuistas, de no querer ser centro de opiniones, de enfrentarse a las críticas, me parece una afrenta a la ciudad. Una gran obra de arte no tiene por qué ser un gran cartel, aunque un cartel si puede ser una gran obra de arte. A las pruebas me remito. Si no, dejemos volar la memoria y nombremos a Gustavo Bacarissas o Juan Miguel Sánchez.

viernes, 11 de enero de 2013

Otra vez la demagogia


            Seguiremos siendo el culo del mundo. Por mucha tecnología que nos hagan llegar, por mucha red social con la que pretendan acercarnos a la modernidad, cada día nos alejamos más de la realidad social y de la verdad. Los avances técnicos se utilizan para la memez y la chabacanería, principalmente. Los argumentos culturales que podrían minimizar los efectos negativos que provocan los dirigentes con sus manifestaciones, con sus injerencias en la convivencia diaria, alterando el sentido básico y primordial del término, los defenestran con manifestaciones y llamamientos a la solidaridad como los que han realizado, recientemente, nuestros ínclitos y decimonónicos Juan Manuel Sánchez Gordillo y Diego Cañamero. Con sus caducos idearios continúan con una lucha imposible. Sus llamamientos a la solidaridad no pueden estar más alejados de la realidad. Tal vez el fondo de los problemas que platean, las desigualdades y las injusticias, no estén exentas de razones, pero las actuaciones y los métodos que vienen utilizando los desacreditan.
Estos visionarios, con sus reflexiones ancestrales, fuera de toda aplicabilidad en los tiempos que corren, se permiten adherirse, quiero pensar que a título personal y unívoco de los partidos y asociaciones a los que representan, a los llamamientos aberzales que solicitan el acercamiento y la liberación de los presos vascos, de los asesinos y de sus cómplices, a sus domicilios, especialmente al que se va a celebrar el día doce de enero, en Bilbao, con estas reivindicaciones.
Consideran, con unas reflexiones que utilizan para justificar su adhesión a esta concentración, y que se ponen en boca de Manuel Rodríguez Guillén, que el trato hacia los presos vasco es inhumano, independientemente del delito que hayan cometido y que no sólo se castiga al preso, sino también a sus familias, quienes tienen que desplazarse miles de kilómetros para visitarlo, añadiendo para los incultos en jurisprudencia como yo, que los estos presos tienen sus derechos. Porque además en su video, en sus pronunciamientos, ni siquiera hace un llamamientos al acercamiento sino a la puesta en libertad de estos asesinos. El acabose que diría mi abuela. Claro. En una sociedad democrática todos tenemos derechos pero debemos considerar, que se nos olvide, que junto a éstos vienen anejas las respectivas obligaciones y las responsabilidades que llevan los actos cometidos. Tanto como hablan y requieren de la memoria histórica, tanto como la utilizan para obtener sus luengos beneficios, y ahora olvidan lo que ha venido sucediendo, en los últimos años, en este país, los episodios violentos y los asesinatos cometidos por esta banda de mafiosos.
Parecen olvidar que hay personas que son víctimas de sus hechos de bandidaje, de las extorsiones a las fueron sometidas muchos vascos, ciudadanos de segunda clase para estos ejecutores sin piedad. Parecen olvidar, los señores Sánchez Gordillo, Cañamero y sus adláteres, que hay españoles que ya no pueden dar un beso a sus hijos, a sus esposos, a sus familiares más íntimos, que lo único que pueden hacer, gracias a la consideración que tuvieron sus verdugos para acercarlos a sus familias, con un tiro en la nuca o destrozados por una bomba, es poner flores en las tumbas donde reposan sus maltratados cuerpos. No deben olvidar, estos señores que no se hartan de ensuciar la palabra libertad, que muchas de estas lápidas están en los cementerios andaluces y que hay madres que recorrerían, con mucho gusto y satisfacción, esas distancias que ahora parecen ser motivo de escarnio para los que pusieron luto y dolor en muchas familias de nuestra tierra. No deben olvidar estos señores que hay ciudadanos andaluces que no tiene más derechos que el homenaje póstumo, que la mención en las terribles memorias que se realizan, que son nombres en una lista de damnificados, de asesinados y vejados por el mero hecho de ser españoles. No deben olvidar estos señores que hay mujeres, en los pueblos y en las ciudades andaluces, que llevan vestidos negros y lazos negros, que vieron fracturadas sus vidas porque una partida de asesinos querían ser Dios y tener el poder de otorgar o quitar el don de la vida, y lo que es peor, en nombre de la libertad.
Yo estaría de acuerdo con sus manifestaciones siempre y cuando pudieran recuperarse las vidas enclaustradas en las tumbas, devolviéndoles los abrazos a quienes se los robaron, que los hijos recuperan el calor de los abrazos de sus padres, que las hijas pudieran ser llevadas al altar del brazo de sus progenitores y que las esposas recuperaran los besos y el amor que les fueron arrancados por las ondas expansivas de las bombas. Entonces sí, señor Cañamero. Porque hay quienes pueden hacer todo eso todavía, aún sabiendo conscientemente que mataron con la impunidad y cobardía con la que solían ejecutar sus sentencias. Y lo hacen porque tenemos la consideración que ellos no tuvieron hacia sus víctimas, porque somos defensores de los derechos que ellos no aplicaron y porque amamos la vida que ellos cegaron. Y por favor, no utilicen más el nombre de Andalucía para buscar beneficios de asesinos y criminales. Si ustedes están dispuestos a equipararse con ellos, no cometan la terrible injusticia de arrastrarnos a nosotros en sus desvaríos.


https://www.youtube.com/watch?v=MSBJnj9qLBA