Es su vigorosa presencia, figura que emerge entre la
multitud, si es que ésta es capaz de apartar la visión de la tez que muestra el
verdadero rostro de Dios, que se presenta en forma de Mujer, al frente del
paso, ordenando con el corazón porque la voz ha quedado secuestrada en el alma por
los rancios bandoleros que cabalgan sobre las emociones que prenden del
corazón. Es imposible, dijo vez, ordenar sin que se quiebre la voz cuando la
mirada se pierde por el canal cerúleo que lleva al mismo cielo, allí donde
quedan establecidos sus ojos. Por eso se recuesta en el perfil de la manigueta
cuando los cuatro zancos posan sobre el suelo que se convierte en universo con
sólo esta pose, por eso huye de la mirada que lo escruta todo y todo lo ve,
porque está seguro que será vencido por su corazón si acaso se asoma al pretil por
donde aflora la imperturbable, serena, dolorida y alegre presencia de la Madre
de Dios.
No esconde su satisfacción, que procura no confundir
con la arrogancia hiriente ni la prepotencia, porque se siente escogido, porque
sabe que esta concesión celestial procede de una virtud gloriosa, adquirida por
la gracia heredada, por la transmisión consanguínea de quién fuera padre, tutor
y exigente profesor. Es custodio de este legado de sabiduría que recorría el
pequeño cuerpo que retenía el más grande corazón. Es celoso guardián de bien y
la dicha, carcelero de palabras que se sujetan con alfileres de oro en la
memoria de muchos y en el recuerdo del aire de una mañana de viernes santo
cuando la responsabilidad de llevar al Dios de los Macarenos por las angosturas
de la calle Fería, cuando era sólo un niño.
Es la voz que entroniza el arte y la sensibilidad de
quiénes tienen la suerte de haber sido elegidos para Portarla, para caminar
sobre los límpidos cielos en los que habita esta Mujer que es dueña universal
de la devoción que proclaman e irradian sus ojos, de esa Mujer que altera los
pulsos conforme tiembla las esmeraldas que luce en su pecherín, cuando abandona
su casa y traspasa los límites de la muralla para derramar sus gracias, para
expandir los dones que todos buscan y ansían.
Es la voz que clama a las alturas para el recuerdo
de los que no están, de los que sufren, de los que anclan sus vidas en las
miserias humanas, de las personas mayores que se asoman a las ventanas y
conversan con la Virgen, de los que olvidan al padre y a la madre que les dieron
la vida y que sólo esperan ese beso de cariño que les hará recuperar la alegría
de su infancia. Es la voz que ordena y manda para que la Virgen pase y vaya
prendiendo en las almas de los que La esperan horas y horas, de los que
soportan el tránsito de la madrugada arrobados al anhelo de adivinarle la cara,
entre las velas y flores que la guardan.
Es la voz y la mirada conjuntadas en la gracia
concedida, en la experiencia que vence, que termina, que concluye apenas alza
el dragón de plata, que espera ver atravesado su corazón por la lanza del
arcángel, lo sostiene en ese limbo intemporal, apenas unas palabras que brotan
del surtidor de su alma, y lo deja caer para que se eleve al cielo de la
Macarena la Reina de nuestras vidas, La que dio luz al mundo cuando la sombras
reinaban.
Es la voz que infringe el mando para que paso
traspase los espacios imposibles, para que navegue esta nave sorteando las
escuadras que se fijan en el aire, que se estrechan y constriñen para asomarse
al perfil de su rostro. Es Antonio Santiago, capataz de la Esperanza.
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