Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

miércoles, 8 de junio de 2011

¡MÁS MADERA!


Pues bueno señores, que sigan exprimiendo el limón. Que sigan extrayendo la sangre a los sufridos ciudadanos. Esto es como una película de los Hermanos Marx, que no sabemos cómo vamos a terminar. O es mentira ésto de la crisis, o tendrá que reventar como sucedió con la burbuja inmobiliaria. Claro que antes de la explosión controlada, los que la engendraron, fomentaron y engordaron, con el beneplácito de los gobernantes y dirigentes, se pusieron a resguardo y procuraron cubrirse las espaldas con el firme abrigo de las desgracias y miserias de los conciudadanos.
Ahora la Unión Europea pide a España que vuelva a subir los porcentajes en el IVA, las minutas de la luz y las gasolinas con el fin de poder reducir las cotizaciones sociales y fomentar nuevas contrataciones. Ignoro cómo puede redundar beneficiosamente en el aumento de los puestos de trabajo gravar las economías más débiles, con incrementos en los precios de productos de primera necesidad -la luz, la comida, el agua, etc.- Si ésto es un último esfuerzo entre todos, un último intento para sacar al país de la hecatombe que nos han procurado los políticos en el ejercicio del gobierno, bienvenido sea. UN ESFUERZO DE TODOS, significa acabar con quienes están saqueando las arcas, de quienes se están enriqueciendo con las penurias y miserias de los menos favorecidos, de los que no han tenido la suerte de poder disfrutar de los privilegios que tienen los políticos, de esa jerarquía que sólo sabe comer del a sopa boda que el ofrece el padre estado, o sea nosotros, los contribuyentes.
Sé de familias que difícilmente llegan, no al siempre recurrido término de fin de mes, ni siquiera a sus medianías, familias que realizan un esfuerzo ímprobo para reunir la cuota de la hipoteca, esa sangría que refresca y sacia a la banca, para al menos tener un lugar donde dormir, no digo soñar porque estaría faltándoles al respeto. Sé de padres de familias que no saben dónde acudir ya para reconciliar las necesidades básicas de sus familias, tan desesperados algunos que no dudan en aparcar sus vergüenzas, su dignidad, para entrar en un supermercado y salir corriendo con unos paquetes de fiambres y pack de yogures. Y quieren subirnos el IVA. Espero que no se refieran a estos productos, sino al de los yates, los coches de lujo y las mansiones de estos mismos desalmados que hablan de sacrificios y esfuerzos para que sigamos manteniéndoles en sus desmerecidos status.
Yo mantengo la esperanza de que las cifras del paro, que nos proporcionan periódicamente, estén falseadas, infladas, porque si son ciertas no entiendo como siguen con el despilfarro, cómo no cierran el grifo de los gastos autonómicos, cómo se sigue potenciando el incremento de la deuda pública, fomentándose la especulación y poniendo tantos impedimentos a la creación de nuevas empresas y por tanto, a la creación de empleo. ¿Por qué tiene que gravarse todo a los que menos tienen?
Si estas medidas se implantan y se consigue regularizar las bases normales de empleo, bienvenidas sean. Si estas medidas, estos esfuerzos que se nos solicitan sirven para crear las estructuras sobre las que construir nuevos modelos económicos sustentados en la equiparación, en la igualdad y en la justicia, arrimemos el hombro y hagamos de este país un lugar del que poder presumir. Pero mucho me temo que seguirán los poderosos ejerciendo su supremacía, haciendo valer su superioridad sobre estos gobiernos de servilismo que sólo se han procurado el propio bienestar, engañando a sus ciudadanos, a los que aseguraron que esta crisis no nos afectaría con la contundencia que estaba asolando los mercados de nuestros vecinos.
Estos vientos trajeron estas tempestades. Ahora nos toca seguir sufriendo, todavía más. Y los servicios sociales de la Iglesia, y en nuestra ciudad, de las Hermandades sobrecargadas por las peticiones de auxilio. Me pregunto yo que de no haber sido por ellas, por el remedio inmediato que procuran, por las soluciones básicas que ofrecen y tapan tantos agujeros, si no habría estallado ya la burbuja del hambre.

martes, 7 de junio de 2011

LA PRIMERA DE SAN BERNARDO


Guardaba todo el romanticismo de las viejas tabernas. En sus paredes desnudas se adivinaba la desolación del tiempo atravesando con su espesura la claridad de la mañana, aquel aluvión de luz que se transfiguraba en memoria conforme ascendía por sus muros y que parecían recoger las figuras fantasmales que una vez fueron historia viva del lugar. Dicen que hubo una época en la que se concitaban en ellas las palabras incendiarias de revoluciones de obreros que llegaban desde la vecina, muy orgullosa, emblemática y antigua Fábrica de Artillería, para calmar la sed con vino tinto y saciar el hambre de la media mañana con un papelón de sardinas en arenque que desplegaban sobre el tamiz del mostrador al mismo que se conjuraban en sus propósitos sindicales, y que por su puerta lateral, salieron los desalmados, sólos sin que nadie quisiera convertirse en cómplices de su maldad, que iban a incendiar todo el sentimiento del barrio y que muchos se aferraron impotentes a los estribos de la barra carcomidos por el miedo y la impotencia de aquella turba extraña y ajena a las casas de San Bernardo, a sus pacíficas gentes de ferroviarios y artilleros.
Por sus grandes ventanales se retrataban las historias de la cotidianidad, escenas extraídas de un realismo exasperado por la escasez y las penurias tras una guerra de muertos enfrentados y de una misma familia, que se mostraban en los cuadros vivientes que componían los pinceles de los vapores y efluvios del alcohol, de sus excesos porque querían huir de los desastres. No tenía bocoyes esta vieja taberna de vino blanco de garrafa y rellenado en botellas pero siempre recibía a los parroquianos un cartel que anunciaba la corrida de toros de la semana o esa novillada donde una vez presentó, con relucientes signos tipográficos en negro, la silueta de plaza de toros en rojo, el nombre de un niño rubio que toreaba como los ángeles y que iba a revolucionar el arte de Cúchares, y que cuando salía de su casa, frente a la vieja taberna, siempre había alguien en la puerta que le deseaba suerte a Pepe Luis Vázquez.
Tuvo su época de esplendor en la medianía de los cincuenta cuando se convirtió en el centro neurálgico y lúdico del barrio y la gente se sentaba, en las cálidas noches del verano, en los veladores para burlar el soporífero calor, a esperar la brisa que bajaba por el puente y a oír los filibusteros pregones, salidas y llegadas, que provenían de los megáfonos de la estación del tren, en cuyos andenes se posaron una vez los pies jóvenes y la mirada azul del hombre bueno que dio la vida a mi madre.
Fue también improvisado refugio para díscolos muchachos, de noctámbulos y truhanes, mesa de timba y ruleta disimulada por una falsa pared donde los jugadores de cartas accedían a gatas por la trampilla que sólo se abría ante la proclamación del santo y seña, lugar de envites y desafíos donde relucía el acero albaceteño de una navaja cuando las fullerías eran descubiertas.
La primera de San Bernardo cerró sus puertas en noviembre de dos mil. Cegaron sus grandes ventanales donde se sentaba a esperar la caída de la tarde, en la premura del invierno o en la lenta cadencia de agosto, con la mirada perdida en el horizonte del puente, Pepe González. Tabicaron sus puertas ocultándonos el romanticismo de su mural cerámico, robándonos las imágenes del clasicismo de su botellero de madera y claraboyas por donde se asomaban los vidrios de la Mirinda o la Coca Cola, las medianas de la Cruz del Campo. Dejaron presos los recuerdos y las vivencias de un miércoles Santo teñido de luto por la muerte José Portal y el reflejo del Cristo de la Salud espejándose en la tiniebla de sus cristales.
Hoy los fantasmas del recuerdo deambulan por el espacio arrebatado a la esencia de la ciudad, al barrio, buscando la salida para transmitirnos su memoria, ignorando que han sido aislados en la eternidad para vagar por la clausura de la indiferencia de los hijos de esta Sevilla nuestra que prefieren adorar las faraónicas construcciones a mantener sus tesoros etnológicos. ¡Qué sabrán ellos!

lunes, 6 de junio de 2011

EL FLAUTISTA DE ENGAÑÍN


Los efectos de la movilización 15M van a quedar en una minucia, al tiempo. Ni las convocatorias de manifestaciones han sido seguidas por la población con el ímpetu y la intensidad que una movilización de esta envergadura e importancia requería, por el fondo de sus protestas, de sus justas peticiones o de los requerimientos sociales, ni las apelaciones, que han surgido con la celebración de tantas asambleas populares, a un cambio drástico en las estructuras políticas y económicas del país se verán concretadas, por muchas jaimas y tenderetes que se monten, por muchas citaciones que se hagan en las redes sociales.
Estas manifestaciones de buena voluntad se han visto enturbiadas por el indecoroso comportamiento de algunos acampados que se han tomado una protesta de este cariz como si estuvieran tomando “pibas” en el solariego patio de su casa. Bueno aquí no cometerían las barbaridades y atrocidades que algunos aprovechados realizan, sin importarles la llamada al orden de los que de verdad, un sector mayoritario de ellos, realizan. Sí me sobrecoge la pasividad con la que actúan las autoridades ante el escándalo y la vulneración de los elementales comportamientos cívicos. Están esperando a que la desidia y el ocio deriven hacia otras ocupaciones. Me recuerda el cerco de San Fernando a Sevilla, que se tuvo que rendir por la escasez de alimentos y la proliferación de enfermedades. Hoy la escasez vendrá por la falta de motivación, por las ilusiones que se van perdiendo ante la indiferencia que les muestran, ante la ignorancia supina de quienes deberían empezar a sopesar los importantes desequilibrios sociales que se están produciendo, lo que es peor, que se irán agigantando como se le ponga el cascabel al gato. En las imágenes que se pueden ver en el mamotreto de la Encarnación, donde se ha establecido la base logística de este movimiento, desgastado ya por la inercia de la engañosa comodidad que nos han vendido, figuran ciudadanos de toda índole. Mayores que se siente engañados por las políticas sociales de un gobierno de “izquierdas” que le ha rebajado su poder de adquisición, ya de por sí escaso, jóvenes endeudados hasta que se jubilen –si es que la diosa fortuna les sonríe y los fondos de la seguridad social lo permiten- porque creyeron que la hipoteca era la base donde consolidar un lecho familiar, donde cimentar la felicidad, parados de larga duración, y cargas familiares, también con hipotecas de pisos a los que permitieron sobre elevar su precio de mercado, un proceso especulativo que ahora pretenden además y con el mayor de los descaros que asumamos sus propios desastres con nuestra miseria, y que verá cómo un banco se quedará con el sueño de su vida.
Al final comprobaremos que las cosas continuarán igual. Los poderes económicos seguirán ejerciendo su presión a sus ciudadanos, extrayéndoles sus ilusiones para sitiar sus voluntades. Las mejoras sociales, término que tan gusta a los políticos, irán avanzando tan despacio que no nos daremos cuenta.
Los que alentaron estas movilizaciones permanecen en las sombras, atentos a disolución espontánea y cuando menos los esperemos sacarán otra vez la flauta para que los sigamos hasta el abismos y volveremos a precipitarnos, eso sí con una sonrisa estentórea de los encantadores, por el despeñadero mientras nos irán despojando de nuestros más valiosos virtudes.
Ha pasado ya en otros lugares y las reacciones han sido muy contrarias a las sucedidas en nuestra ciudad, en nuestro país. Incluso han acabado en la cárcel quienes realmente eran autores de las fechorías económicas que abocaron a la ruina y desesperación a familias enteras. Los culpables no eran los ciudadanos. Estos sí que horadaron los adoquines y encontraron las playas donde reposan la justicia y la verdad. Claro, que esa es otra Europa con valores y muy distinta a la que padecemos aquí. Lástima de estos esfuerzos que se van por el sumidero de la banalidad y la indiferencia de nuestros políticos, más ocupados de servirse que de servir y riéndose de la indignante situación por la que atravesamos. Hijos míos, raíces podéis echar en la Encarnación.

sábado, 4 de junio de 2011

HISTORIAS DE LA MACARENA


En el barrio macareno los vecinos alertaban a la Policía Armada. La ausencia de uno de ellos y el mal olor que provenía de las habitaciones que ocupaba el desaparecido motivaba el desasosiego y la ansiedad de quienes compartían diariamente alegrías y preocupaciones.
La actuación de los agentes confirmó el mal presagio. El pobre hombre había fallecido hacía ya varios días. Sólo el desvelo de sus más próximos vecinos hizo posible el hallazgo, quienes comunicaron al juez que aquel hombre pertenecía a la Hermandad de la Macarena y que en numerosas ocasiones había referido su deseo de ser amortajado con su hábito penitencial cuando la muerte le sorprendiese.
Así pues, avisada la Hermandad del triste acontecimiento se presentaron a los pocos minutos dos señores que se identificaron como miembros de la Corporación Macarena que se prestaron para amortajar aquel pobre hombre, como fue su deseo.
Testigo de aquella sencilla, pero excepcional labor cristiana, fueron los agentes de la policía que acudieron a la llamada de los vecinos. Especialmente impresionado se mostró D. José María Baldán Molina, uno de los policías. Este jiennense, natural de Úbeda, destinado en Sevilla, comenzó a interesarse por la vida interna de la Hermandad. Visitaba frecuentemente la parroquia de San Gil y después la Basílica donde Ella se encuentra, en sus advocaciones de Esperanza y Rosario, junto a Nuestro Padre Jesús de la Sentencia. Asistía, siempre que sus ocupaciones laborales se lo permitían, a los actos y cultos que la Hermandad preparaba, reconvirtiendo aquella inicial curiosidad en profunda devoción por sus Titulares.
Así pues, supo que la Escuadra de Gastadores, por aquel entonces, de la Policía Armada, escoltaba a los pasos durante la Estación de Penitencia, en la Madrugada del Viernes Santo. José María pidió el ingreso en aquel conjunto de hombres que rendía honores protocolarios a las más diversas instituciones militares y civiles de la época, tan solo por estar cerca de Ella en la Madrugada Santa de Sevilla. Acudía a la Basílica en las primeras horas de la noche del Jueves Santo, atraído por el ambiente de recogimiento y fervor de los Hermanos de la Macarena, sobrecogido por tanto amor hacia la Madre de Dios y por aquellos tres golpes secos que irrumpían de improviso entre las oraciones que se elevaban por las naves basilicales y cinco nazarenos esbeltos postrando su ruán ante los pasos, ya preparados para la salida, y ofreciendo sus rezos antes de solicitar la Venia con la que la Hermandad del Gran Poder puede preceder a la de la Macarena en la carrera oficial.
Luego venía la eclosión de la salida, el gentío apelmazado para poder disfrutar sólo de unos momentos de gloria, el discurrir por las calles del barrio, desembocar en la plaza de la Campana, donde todo sentimiento se eclipsa tan solo con su presencia, el tránsito solemne por los palcos, la música envolviéndolo todo, la entrada en la Catedral, la presentación del paso ante el Santísimo Sacramento expuesto en el monumental túmulo plateado, la explosión de alegría, disuelto el silencio del interior de la Seo en los ojos que despiertan a la vida, el reencuentro de la Virgen y el pueblo que ya la acompañaba hasta la misma entrada.
Se debilita la memoria de José María. Son muchos años ya, casi ochenta. Le cuesta recordar algunas cosas. Pero la de la Virgen, la de aquella mañana del Viernes Santo de 1954 se ha grabado en su interior a fuego. No necesita esforzarse para retrotraerse en el tiempo, en el espacio. Las dificultades propias de su edad se diluyen en un chisporroteo de sus ojos y en una leve sonrisa que proviene de la satisfacción nacida en el alma. Habían llegado a la calle Feria. Atrás quedaron los primeros rayos de sol sorprendiéndose con el contacto de aquella cara virginal que provocaba el entusiasmo entre quienes la observaban. El gentío en torno a Ella hacía casi imposible el caminar del paso. Con dificultad se acometían las “chicotás”. Cada vez resultaba más difícil continuar la estación de penitencia. Entonces decidió José María ayudar, a su modo, en aquella lid de aclamaciones, oraciones y lágrimas. Había ido oyendo toda la noche al capataz, cómo se dirigía a su gente, una especie de lenguaje, una extraña germanía, que era fielmente interpretada por aquellos esforzados hombres que portaban a la Madre de Dios. Si funcionaba con ellos, pensó, por qué no habría de cumplir la misma misión con aquel gentío devoto que se postraba en la delantera del paso. Así que, situándose por delante del capataz, se dirigió a los presentes, grito en voz a aquel aluvión de amor que presidía a la Virgen de la Macarena. “Más paso quiero, Hermanos. Vamos con Ella”. El tropel se comprometió con él y al son de su voz fue guiando aquel caudal humano por las calles del barrio. Hubo quien gritó “viva el guardia”, mientras atrás fueron quedando Parras, Torrigiano, Esperanza, Don Fadrique, y el Arco, hasta que la Virgen de la Esperanza Macarena quedó a las puertas de Basílica. En el mismo pórtico del templo recibió el abrazo de un nazareno, que resultó ser el Hermano Mayor, quien le felicitó por su extraordinaria labor, preguntándole acto seguido, sí era Hermano. La respuesta debió parecerle algo lacónica al máximo dirigente de la Hermandad, pues al responder que no, pero que sentía una gran devoción por la Virgen de la Macarena, aquel le dijo que desde aquel preciso momento pasaba a tener la consideración de Hermano Honorífico de la Hermandad. José María respiró hondo y a sus labios afloró una sonrisa, pero aseveró que el servicio lo había prestado toda la escuadra y no sólo él.
Entró la cofradía. La desolación se apoderó de la calle, allende la verja pone límites para la emoción. Los Hermanos iban desalojando la Basílica cuando ellos fueron requeridos y les hicieron pasar a una pequeña sala donde, entre otras personalidades, se encontraban el Hermano Mayor, D. Francisco Bohórquez Vecina y el general D. Eduardo Sáez de Buruaga y Polanco, quien los felicitó efusivamente tras comunicarles que desde ese momento aquella escuadra de gastadores figuraría en la Hermandad como Hermanos Honoríficos.
Vinieron luego las lágrimas, la emoción del abrazo con su esposa, que fue testigo de cuanto acaeció, el sosiego del recuerdo, del tiempo vivido, de la visita diaria a la Basílica, hasta que fue destinado en 1960 a Linares. Nunca olvidó esta ciudad, ni se ha podido desprender jamás de aquellas sensaciones en la mañana de un Viernes Santo. Cada vez que podía retornaba a Sevilla, a ver a la Virgen de la Esperanza. En una de aquellas visitas, coincidiendo con la Función con la que culmina el Solemne Septenario, le hicieron entrega de una fotografía con una reliquia de la Virgen, que aún hoy desvaída, desprendida de su color primigenio, permanece con él como el mejor de sus tesoros.
Se levanta con dificultad. Las piernas apenas pueden sostener la debilidad de su cuerpo. Necesita ser ayudado por su hijo. Mira hacia atrás y me devuelve la sonrisa. Ignoro qué ha pasado por su mente. Tal vez la luminosidad de una mañana de Viernes Santo, cincuenta años de más, cuando la Virgen quiso que fuera su guía por las calles de Sevilla

viernes, 3 de junio de 2011

LA INJUSTICIA DE LA JUSTICIA. EL CUCO EN LA CALLE


¡Por fin se ha hecho justicia! ¡Ya era hora, hombre! El Cuco ya está en la calle. Tanto tiempo esta criatura en un centro de internamiento. ¡Pero dónde los derechos para este muchacho! En el país de la libertad no podía consentirse que el presunto violador, asesino, compinche, y colaborador en hacer desaparecer el cuerpo de Marta del Castillo, del que todavía no se tiene constancia de su paradero, pasase un minuto más recluido en el "hotel" –un piso tutelado que le ha permitido quebrantar las órdenes de alejamiento cada vez que le ha venido en gana- que le habían dispuesto para que purgase sus “penas”. Mientras la familia de Marta ve cómo se pudren sus vidas en las tinieblas de una celda de amargor y pena que le han dispuesto quienes tienen el poder para hacer y deshacer en la ¿justicia?
¿Hasta cuándo tendremos que vivir en este esperpento jurídico? La víctima ha perdido todos sus derechos respecto a sus asesinos y cómplices, a los que se beneficia con gracias penitenciarias mientras se jactan de burlar y esquivar la ley.
Hace dos años y medio que esta niña no puede salir a pasear con sus amigas, a flirtear con los jóvenes que le atraían, a disponer un itinerario cada día de la semana santa para emocionarse con la contemplación de un paso de misterio, a vestirse de gitana y bailar unas sevillanas en la caseta de feria de la empresa donde su familia trabaja.
Hace dos años y medio que se cegó la ventana por la que la madre se asomaba cada tarde cuando se demoraba en llegar, donde suspiraba cuando aparecía o sonaba el telefonillo, la misma por la que la desesperación se hizo clamor porque su estilada figura no se perfilaba en la lontananza y los más negros presentimientos empezaron a prenderse en el alma. Una madre reconoce y pone nombre a las ausencias cuando se prolongan sin motivos. Hace dos años y medios que unos padres anegaron su espíritu de la mayor de las tristezas, porque no pudieron oír una despedida, ni la risa que le antecedía al tomar la puerta, porque supieron que aquel beso, que se posó en sus mejillas, era último que sentirían, que sin saberlo no apreciaron porque esperaban recibir algunos miles más, que la mirada que cruzaron era el admonimiento de la desgracia.
Hace dos años y medio que la vida es pesadilla para una familia porque uno de sus miembros sucumbió a los bajos instintos de unos individuos que actuaron con premeditación y alevosía, sesgando la juventud, atajando de raíz la alegría, apagando la vida que a borbotones salía de sus ojos.
Ayer volvieron a condenar a la familia de Marta del Castillo, volvieron a ignorar que la justicia debiera aplicarse a quienes comenten el delito, que hay un cuerpo que no aparece y no puede gozar de los privilegios ni les emociones que les fueron concedidas ayer a uno de sus verdugos.
Esta aplicación arbitraria de la justicia, en la que se ignora a las víctimas, en la que se vilipendia la dignidad de los que sufren, es la más clara constatación de una urgente reforma del código penal para que nadie ose burlar la justicia con atenuantes inverosímiles y puedan aplicárseles, con toda su contundencia, las leyes condenatorias y su cumplimiento estricto, sin ningún tipo de beneficios penitenciarios. ¿Piensan, quienes elaboran las leyes, en sí las víctimas gozaron de alguna oportunidad, sí sus verdugos consideraron atenuantes en las miradas suplicantes, tal vez oscurecidas por el terror, de la víctima? ¿Consideraron la indefensión de ésta, un motivo para perdonarle la vida?
Apliquemos pues la justicia, con todo su rigor, a los que jactan públicamente de burlarla, a los que saben que asesinar no tiene mayor pena que una condena que redimirán en pocos años. ¿Es ése el precio de una vida? ¿Es un individuo con dieciséis años responsables de sus actos, tiene conciencia sobre sus actuaciones, distingue entre los conceptos del bien y del mal? Si es así, saquemos conclusiones.

LA MALA EDUCACIÓN


La situación bien podría haber salido de una escena de una película de Luis García Berlanga, ésas que tan bien describían el transcurrir diario de la vida de los ciudadanos de este país, muchos vencidos por una guerra que les había destrozado las ilusiones, donde se rompía la monotonía con contextos que rozaban lo esperpéntico, desnaturalizando la atonía que imponía el régimen mediados los años cincuenta y principios de los sesenta. Si Rafael Azcona, guionista excelente y magnífico escritor, hubiera planificado estas secuencias en Plácido, y las hubiera planteado al cineasta valenciano, para que las incluyera en esta cinta -que fue nominada al Óscar en 1961,como mejor película extranjera- sin duda alguna habría tratado de iluso al escritor por considerarla demasiado extravagante, sumamente esperpéntica.
Pongámonos en situación. Acaba de empezar el día. Las primeras luces inician un progresivo avance por las fachadas de los edificios, aunque todavía se resisten las sombras a marcharse. Comienza a hacer calor minimizado por una brisa que conforta. La puerta del bar se abre. El panorama no puede ser más desolador. Si no fuera por las potentes luces, que dotan a la estancia de una claridad admirable que permite distinguir los espacios del local, podría asemejarse a una estancia de hospital. El empleado, de espaldas a la puerta, mantiene un soliloquio con la máquina de café, le bisbisea algo, como si le hablara al oído, como si aquel engendrito mecánico estuviese dotado de vida propia y fuera a responderle, o actuar como su interlocutor le indicaba. Al fondo, casi atrincherado en la barra, un cliente bosteza y mantiene en vilo un periódico, al que pasa cansinamente las hojas, maniobras propias para mantenerse despierto, sin ningún interés por la información que se proyecta en el blancor de papel. Hay otro que sorbe un café, sentado en una de las sillas, que se han dispuesto en el salón, en torno a unas mesas con tapetes de mármol, y fuma desobedeciendo las normas que impone un gobierno con el que quizás no comulgue, o dejó de hacerlo cuando lo enviaron a la calle a tomarse la tizana que le devuelve la sensación de lucidez. Se muestra despreocupado, quizás porque la hora intempestiva no procura una asistencia masiva al bar, o porque la indiferencia del empleado, por su onerosa actitud, le incita a esta provocación hacia incumplimiento de la ley. Quién sabe si es un desafío a quienes ayer le recriminaron esta misma falta de consideración.
Con este panorama, con esta disposición escénica, entró nuestro amigo en el local y como hombre educado y respetuoso, como hombre formado, lanzó aquellas dos palabras que enseguida fueron repelidas por el más absoluto de los silencios. Allí no se movió nada ni nadie. La respuesta a sus buenos días tuvo como respuesta la callada. Miró su reloj y vio que era temprano. Tal vez, su timidez y el apocamiento en sus apreciaciones, su moderación en el lenguaje y el tono de su voz, se había diluido en la espesura del ambiente. Así que repitió el saludo, con la modulación vocal algo más elevada, como advirtiendo de su presencia en el salón. Esta vez, el empleado pareció reaccionar y ladeando la cabeza, con desdén y mala gana, escrutó de arriba abajo a aquel ser había roto su “instante de meditación” para volver enseguida a posar su visión en la máquina, sin decir ni una palabra. Los otros actores no variaron ni un ápice sus posturas.
Viendo la repelencia e ignorancia que mostraban, nuestro amigo comenzó a simular el lenguaje manual de los mudos y entonces centraron su visión en el hombre que hacia aquellos extraños aspavientos. Eso si, sin mover la comisura de sus labios. Indignado por aquella falta inaudita de educación lanzó la onomatopeya con la que se arreaba a los mulos y caballos, esa espacie de chasquido que simula el croar de la rana y que motiva y activa los impulsos animales consiguiendo su desplazamiento. Y la reacción fue inmediata. Los tres se sintieron ofendidos y mostraron gestos de agresividad hacia él. Entonces dijo: ya me extrañaba a mí que no contestasen a mi educado saludo. Los animales no hablan. Y tras esto salió del bar dejando atrás una reata de improperios e insultos. El bar tiene fama de servir el mejor café del barrio. Lo que no proporciona, ni hay intención de ofrecer, es educación.

miércoles, 1 de junio de 2011

UNA CORONA DE AMOR EN LA MACARENA


Había mujeres con las miradas prendidas en la nostalgia jubilosa de una tarde del último día de mayo, con medallas de cordones desgastados, con el dorado añadiendo un tiempo de evocaciones y ausencias en su trenzado, con el verde desvaído preconizando todo el sentimiento que quedó prendido de la memoria. Se deslizaba por aquel espacio una sensación de contenida alegría porque el rito y el agradecimiento imponían sus formas. Retornaron los bailes de los seises en la nebulosa donde quedan atrapados momentos que definen toda una existencia, que nos hacen efímeros mientras ellos permanecen, dando puntadas sobre el lienzo de la vida.
Volvieron a sonar las campanas anunciando un gozo que ya se pronunció cuando el Ángel vino a pedirle su libertad y Ella asintió con la humildad y la grandeza impregnada en su alma desde el mismo momento de su bendita concepción y sus sienes se colmaron con las esencias de Dios, con la primacía de un reinado eterno, prometido en las escrituras y proclamado por los profetas de Israel. Nada le hacía falta pero quiso el Todopoderoso ceñirla del amor de la humanidad por los siglos de los siglos.
Volvieron los viejos rostros, calendarios colmados de arrugas que van marcando el devenir de la felicidad por la conmemoración del día, a relumbrar las oscuridades que dan intimidad al templo, a extraer la brillantez que juega desapareciendo en los labrados del altar, sembrándolo de dicha porque sus ojos la conocieron en una tarde de lluvia, porque sus labios pronunciaron su nombre en aquella jornada de exultación del júbilo cuando el júbilo se hizo carne en ellos y no pudieron, ni quisieron controlar, el aluvión de emociones que se desbocaron por sus mejillas.
Volvieron el poeta -el que mejor le cantó, el que descubrió que la fuente de la eterna juventud brota de su pecho porque en abril siempre cumple diecinueve años- y la niña que llevó la presea hasta el palacio de plata, de bóvedas que descubren el cielo que soñara Juan Manuel, y que sirvió de escenario para reafirmarla Reina de los Cristianos, para consolidarla en el trono donde toda candidez se muestra en su rostro, para afirmar que la grandeza se reúne en las letras que conforman su nombre, cuyo pronunciamiento es salmo que ennoblece el alma, que acerca a Dios.
Volvieron quienes sólo pudieron revivir el día en la nostalgia de otros, quienes se aferraban a una mano que ya nos está pero que siempre aparece, quienes se alimentan de la memoria que les fue transmitida, que reviven las horas del júbilo cuando oyen las sabias palabras de los priostes que La vistieron, de los entonces jóvenes que La llevaron entre vítores, ave marías, proclamaciones compungidas, rezos que llevaban peticiones, súplicas envueltas en oraciones, riñas por ausencias prolongadas y alegrías por saberse protegidos de la gracia de su nombre, del poder de su sonrisa.
Ayer, como hace cuarenta y siete años, la gente de la Macarena se vistió de fiesta, se engalanó con sus mejores prendas y se dejaron arrastrar hasta las plantas de Quién es guía y referente de sus vidas, Quién les procura el alimento a su existencia, Quién les alienta en los momentos de dolor, Quién comparte confidencias.
Ayer, treinta y uno de mayo, como si el tiempo se hubiera parado frente al arco que es pórtico de la Gloria desde hace más de cuatro siglos, y como hace cuarenta y siete años, la Virgen de la Esperanza volvió a ceñirse la Corona del amor de sus hijos.