Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

lunes, 8 de octubre de 2012

Una Esperanza en las Tres Mil Viviendas


            Las distintas actuaciones que se vienen llevando a cabo en el sevillano barrio de Las Tres Mil Viviendas, principalmente por parte de congregaciones y asociaciones de carácter religioso, están motivando una reactivación de la conciencia sobre la problemática social que se desarrolla en este distrito de la ciudad y la recuperación de la dignidad que algunos, en décadas pasadas, quisieron implantar creando un suburbio donde cualquier apego al civismo era castigado por el desmán y el miedo.
            Desde hace unos años, las distintas corporaciones municipales, de todos los signos y órdenes políticos, han intentando establecer unos planes de intervención con los que recuperar la fisonomía primitiva de sus viviendas y sus núcleos residenciales, restaurar jardines inutilizados para el disfrute por su toma indiscriminada por delincuentes que acotaban sus espacios para el trapicheo y el desorden, sin obtener más resultados que la recuperación estética de algunos de sus bloques –que ya de por sí es un signo de avance para el logro de la convivencia- con la que fueron diseñados, tras los devastadores ataques y desvalijamientos a los que fueron sometidos por una turba de enfermos y maleantes, desestructurados víctimas de las drogas y las mafias que entorno a su consumo, y las desgracias que provocan, se hacen millonarias.
            En este barrio, y durante unos años, la convivencia se tornó casi imposible. Luchas entre quienes querían imponer el caos y el desorden frente a una gran mayoría de la vecindad que reclamaba una vida digna, humilde y sencilla tal vez, donde poder disfrutar de sus espacios lúdicos y recreativos, de sus zonas verdes, sin verse atosigados por la constante presencia de las fuerzas del orden, cuando no de las pandillas de delincuentes que comenzaban a campar a sus anchas intentado imponer la ley del miedo. Y a fe que lo fueron consiguiendo gracias a la predisposición y valentía de algunos líderes vecinales que no dudaron en poner en peligro su integridad física para conseguir el estado de paz de sus hijos.
            Y entre tanto, en medio de las luchas, las instituciones ligadas a la Iglesia comenzaban a establecer sus bases donde se las necesitaba. Congregaciones de monjas que instauraban guarderías para acoger a los niños más pequeños mientras sus padres acudían a cumplir sus compromisos laborales. Asociaciones adjuntas a los núcleos parroquiales que preparaban actividades lúdicos deportivas con las que retirar a los niños de las calles, alejándolos de una situación de constante peligro, evitando su exclusión social con la instauración de escuelas talleres, donde de impartir los conocimientos precisos con los que poder abrirse paso en el mercado laboral, se les instruye en las normas fundamentales de la educación cívica. Este establecimiento de Iglesia en zonas de alta conflictividad se ha visto acompañada por otras instituciones que se han sumado a la iniciativa para la reintegración de un espacio que habitan sevillanos, erigiendo escuelas de adultos donde se alfabetiza a quienes no han tenido la oportunidad de hacerlo en su momento, dándose la hermosa paradoja de unos padres que fueron instados a inscribirse en estos cursos por sus propios hijos. Gracias a este trabajo, que la mayoría veces pasa en el más absoluto desconocido para el conjunto de la sociedad, se han podido concebir nuevas expectativas para la consecución definitiva de erradicación de la marginalidad y posibilitar una zona normal convivencia y respeto. Asentarse en la normalidad.
            El último peldaño de esta escalera que pretende salvar la pendiente más escarpada, es el reconocimiento como agrupación parroquial de la asociación de fieles “Bendición y Esperanza”, una cofradía que tiene su origen en el año mil novecientos noventa y dos y que se erige al amparo de la comunidad salesiana que regenta espiritualmente la parroquia, dándose la peculiaridad de la mayoría de los enseres, así como la manufactura de los pasos donde procesionan las imágenes del Cristo de Bendición y María Santísima de la Esperanza en su Soledad, están confeccionados en las escuelas talleres que mantiene la citada comunidad religiosa.
            Es un motivo para alegría que -desde la solidaridad con quienes menos y más necesitan del apoyo moral y formacional, no se puede basar todo en hechos de beneficencia ocasionales y soluciones muy puntuales, en la ocasionalidad del momento- estas asociaciones prodiguen su efectivo y moderno servicio a la comunidad con algo tan extraordinario como es crear ilusiones para el día de mañana. 

sábado, 6 de octubre de 2012

Rosario en el más bello jardín


            Lo hermoso de la composición no es ella en sí, que también lo es porque nos ofrece lo mejor. Lo hermoso es el amor, la devoción y el cariño que hay en la disposición de cada una de las piezas. El ornato es algo consustancial, algo inherente a la propia condición del afecto. Si no hubiese aflorado el sentimiento difícilmente podríamos haber sido testigos del sueño que nos hace vivir, de la ofrenda de la mano que es capaz de sostener al mundo, que nos vincula a Dios y nos procura la condición de lo humano trasgrediendo los límites de la cordura. Si no hubiese tanto amor cuando se toman las piezas no podríamos sentir el tránsito de los siglos embelleciéndose en su rostro, no hubiéramos sido testigos de la recuperación del tiempo, de la lasitud que anega el espíritu cuando nos acercamos a relatarle nuestras confidencias, a hacerla partícipe de las hechos mundanos que nos atosigaban. De no ser por la candidez de las manos, esas que guardan la memoria de saber que La toman para aproximarnos a la gloria, no disfrutaríamos de la esencia gratificante del perfume que anega el espacio cuando perforamos la distancia, cuando la comprimimos, para acercarnos a la dulzura del resplandor de sus ojos y descubrir la profundidad de la Verdad que sostiene.
             Este paraje que nos instala en el cielo del cielo, que nos eleva a la condición sublime, es el trozo del paraíso que asoma a la tierra por unos días, es la transposición hortelana que navega por los cielos hasta conformar calles anegadas de árboles frutales, raíles metafóricos del subconsciente que nos conducen al páramo para que lo reguemos con las lágrimas hasta hacer florecer un campo de amapolas. Este disponer en la  perfección los recuerdos, que se nos ofrece con la nitidez precisa de los sueños que siempre ansiamos alcanzar, viene condicionado por la pasión generosa y nunca pagada, porque no hay bolsa de moneda capaz de corresponder a tanta entrega, del hombre que aun se siente niño, que aún goza de la espontaneidad y la candidez que se aferra en su alma, de la franqueza de espíritu que lo hace vulnerable a las emociones y por ende, es incapaz de negarse a la llamada de la Madre, en quien confía y asienta su vida.
            Este campo abierto a la ilusión es el fruto, no del trabajo, sino del goce, de la alegría que funde el corazón y lo remueve al estado donde habita la Esperanza, donde se asienta la melancolía y se destierra la tristeza, donde se instaura el esplendor. No  es el boato lo que se presenta y se ofrece, no es la ostentación ni el aparatoso lujo lo que La rodea. Es cuestión de fijar la mirada, de perforar la muralla de lo visible para encontrar la huella de lo intangible, auscultar en los confines del universo, presente ante nosotros, para localizar, en los requiebros de los cinceles que levantaron la plata, que enaltecieron los brazos de los candelabros, que dotaron de gracia los alabastros que sustenta la grandeza de su hermosura, que abrieron senderos de filigranas en las panzadas de los jarrones, ese amor que hace posible el milagro, esa devoción que construye un cielo para que sea visitado por la nostalgia y hace posible enaltecer los sentimientos.
            Este vergel de la alegría es la consecuencia de una bendita locura. Obstinarnos en buscar explicación a la belleza es abrir la puerta a la demencia, es negar la evidencia del sueño de amor que se presenta, es participar del canto de la oración a la Madre, retahíla de emoción que va prendiendo en la ráfaga, a la que da luz Ella. Este ser parte del sueño de un Niño que nos redime es convertirnos en dueños de la nada, porque en Ella queda todo. Este Rosario es un broche que se prende al corazón, es una cadena de mimos que nos ata a la galera de la vida, es converger en un mundo donde hay más razón que el resplandor de sus ojos, el dulzor de su mirada, el candor del brazo donde acuna al Redentor, el silencio del espacio por no querer despertarlo. Y todo tiene el origen en el amor de unas manos, del hombre que La sueña y vela, que La dispone para poder disfrutar de sus gracias. Nos La acerca y nos La deja en frontispicio a la vida. Fiel servidor, heraldo de sus mandatos, prioste de la alegría, celoso vigía que alza la grandeza del Rosario para procurarnos la dicha que va promoviendo alabanzas. para asentarnos en el ánimo un mensaje de Esperanza.

viernes, 5 de octubre de 2012

Calvario. Cuatro siglos de devoción


                Salimos de la sala Chicarreros con la sensación de haber sido testigos de un hecho histórico, con la gratísima impresión de haber sobrevivido al tiempo para visualizar a su gran vencedor, al Cristo que se nos mostraba ayer como único responsable de la fe que atesoran quienes comparten su devoción y reúnen sus sentimientos espirituales para acercarse al gran misterio. Cuatro siglos que se fueron acrecentando en la gnosis de las generaciones. Cuatro siglos significándose como referencia devocional. Cuatro siglos de la hechura del Hombre que convoca a la oración y a la meditación sobre la vida, pero muy especialmente sobre la trascendencia de la inmortalidad que tuvo su culmen en la Cruz que se elevó, para convertirse en la primera enseña del cristianismo, en la cima del monte Calvario.
            Esta es la apuesta visual, la nueva creación de Carlos Colón, como guionista y director, y de Carlos Varela, como realizador, que se nos presentó anoche como eje fundamental de la celebración del cuatrocientos aniversario de la hechura del Cristo del Calvario, por Francisco de Ocampos. Cien minutos de imágenes extraordinarias. Cien minutos que son capaces de retener cuatro siglos. Cien minutos de belleza gracias al trabajo de Carlos Colón que, desde la devoción al Cristo que muerto abre sus brazos a la Esperanza de la vida, ha desplegado su saber para hilar un argumento en torno a la imagen, pero también en torno a los afectos y emocione que convoca su observación.
            Una obra de esta envergadura no debiera pasar desapercibida. No sería bueno para la ciudad ni para el arte de la cinematografía ni para las propias hermandades. Y estoy seguro que el tiempo confirmará la excelencia de una película que huye, premeditadamente, de la exacerbación de los tópicos, tan frecuentes en otras. Nos muestra Carlos a Cristo abriéndose en desolación del monte, del que toma el nombre, para mostrar el mensaje, sencillo pero profundo, de la redención del hombre, del sacrificio del Cordero confundiéndose con el devastador paisaje desalado y rocoso. El Hijo de Dios triunfante, ungido a la Cruz, formando un todo en el universo de la Salvación. Dios Hombre, Cruz y Monte Calvario.
            No es una película que pretenda sublevar las emociones, aunque hay pasajes que conmueven, como el traslado a su paso para procesionar en la madrugada del Viernes Santo, e imágenes de una majestuosa sobriedad, la procesión abriéndose paso en la noche, perforando el silencio con esa cuña de la mejor iconografía que es la Cruz de Guía hasta zaherirlo, hasta convertirlo en oración, o el tránsito por la catedral, siguiendo la estela de la Alegría y la Esperanza, para de inmediato sucumbir a las sombras y rosario de cirios se convierten en la única iluminación, mientras la voz en off pregona uno de los mejores textos, que sobre cofradías se hayan escrito, de Juan Sierra.
            Todo es hermoso y conmovedor en esta película. Todo está perfectamente engranado para convocar a la emoción, aún mostrando la crudeza del Calvario. La música es esplendor y los textos escogidos refrendan toda la composición. Todo es hermandad en el interior del templo y enorme cofradía discurriendo en la noche. La grandeza de la realización radica en la sobrecogedora sobriedad que transmite pero que en absoluto resta emoción. Muy al contrario, se subraya con ella y eleva al espectador a una especie de trance que tiene el culmen en su epílogo, cuando el soneto de Santa Teresa va confundiendo y conjugando los tiempos, enhebrando los años, para resarcir la profundidad teológica de los brazos abiertos al amor y los pies unidos a la madera, y obra el milagro de identificar la verdadera esencia de la Hermandad, el sentimiento que no huye sino que corre al encuentro, al dulzor de los ojos que se abren a la vida.
            Cuatro siglos recogidos en imágenes con la maestría y la sensibilidad de Carlos Colón. Cuatro siglos del Cristo del Calvario arrullando su canción de amor en la madrugada, dictando la gran lección de la entrega sin pedir. Como Santa Teresa, los hermanos, revestidos de áspero ruán, con el trino de los pájaros anunciando la la mañana del Viernes, proclaman la mejor protestación de fe.
No me mueve, mi Dios, para quererte,/
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

            Obra maestra, porque está concebida desde el amor, desde la devoción. Obra maestra porque es una oración que brota desde la sinceridad fervorosa de quien la concibió. Y yo fui testigo de su estreno.

jueves, 4 de octubre de 2012

Una deuda de amistad*


Me acaban de dar la noticia y es como el si el tiempo se hubiera desprendido del universo y hubiese caído de improviso sobre mis hombros con la contundencia de un muro de hormigón. Los recuerdos empiezan desenredarse de la madeja del olvido. Transitan por la mente emociones que compartimos, sensaciones que nos unieron, que manejan y desbocan la voluntad en un galopar de estridencias, que hace aflorar sentimientos. Esta sorpresa, esta espesura en la conciencia que nos provoca dolor, extenuación  y ansias, ganas de quebrar la memoria, arranca la raíz de mi niñez y me muestra, con toda su crudeza, la párvula discusión sobre vida, sobre la amistad primera que se cimenta en los mejores y blandos de estratos de la condición humana, sobre la hermosura de una sonrisa aflorando en unos labios que ya no volverán a proferir palabras, ni a galantear a las niñas que asomaban la piel a la adolescencia, esa metamorfosis que las hermoseaba, que las ungía en la madurez prematura reclamar.
Aun con el transcurso del tiempo marcando las distancias siempre nos queda un recuerdo de los primeros amigos, la figura jovial que retenemos e inmortalizamos en la memoria, compañeros con los que compartimos los juegos, los secretos de la infancia, descubriendo los avatares de una vida que se nos mostraba entonces plácida y alejada de las preocupaciones que nos asaltan para intranquilizarnos en estos días y nos permitía fantasear sobre los asuntos más nimios, sobre circunstancias que no  lográbamos entender porque nos la trababa la frontera de la edad. No es este apartamiento de años un motivo para el olvido ni una excusa para no expresar dolor. Un racimo de afiladas agujas se ha clavado en el centro del pecho para zaherir la nostalgia, que deambulaba por el desconocimiento y la amparaba frente al dolor. La constancia de los hechos ha certificado el discurso del tiempo, la fragilidad de la vida que se ennegrece en el momento menos apropiado.
Cuando conseguimos el título de graduado escolar, que se conseguía finalizando el ciclo de la Educación General Básica, nos comprometimos a volver a vernos con cierta periodicidad, no dejar que el tiempo sitiase nuestras comunes vivencias en la comodidad. Y fuimos, con los años, venciéndola. Hasta hace un lustro no faltamos a nuestra cita anual, en torno a las fechas navideñas. Lográbamos esquivar nuestros compromisos familiares y profesionales para hacer un hueco a la infancia, para recuperar el tiempo mejor del hombre. No había efusividad en los saludos porque estábamos convencidos de la indisolubilidad de la amistad. Primero fueron las consecuencias de esta crisis sangrienta  que se cebó sobre algunos de los componentes de aquella pandilla que compartimos estudios en el colegio público Sor Ángela de la Cruz, desde el mismo día que abriera sus puertas a la docencia. Creo que aquel hecho nos marcó para siempre, nos signo en el alma con el hierro de la amistad. Luego los compromisos laborales de otros que fueron trasladados lejos de la ciudad, fuera de nuestro país incluso. Lo cierto es que dejamos de vernos rompiendo aquella promesa. No debo exonerarme de mis culpas por esa desidia. Por eso me duele en extremo esta noticia que ha martilleado mis sentimientos. Me la trae, como heraldo de la tristeza, en esta mañana llena de luz que debiera abrir el corazón a la alegría, en la casualidad de un encuentro, Jorge García Narváez. Me dice con la resignación de la acepción de la pena, con tranquilidad, sin apenas amargura porque el tiempo ha ido puliendo la abrupta corteza que se forma cuando aparece el dolor de improviso. Hace unos meses, que una cruel enfermedad, de rapidísima evolución, se llevó por delante a Manolo Cruz, el Tapia en los años de la infancia.
Me dice Jorge que te fuiste con la misma serenidad que viviste, que ni siquiera la crueldad de tu verdugo logró separarte de la razón, Que no te dejaste desmembrar los sentimientos en la lucha fratricida y que llegaste a despedirte de los tuyos con una fortaleza digna de encomio, en los que la emoción de se esparció por la blancura de la habitación del hospital donde viste la última luz.
Estoy seguro, Manolo -compañero de pupitre durante tantos años, torpe delantero que lograba los goles siempre en fuera de juego, cofrade con el que descubrí que hay tanta grandeza en la Semana Santa como las lágrimas que fluían de ti cuando te acercabas al  paso de la Virgen de las Angustias, cuando se merodeaba a San Román-, que habitas en el cielo, que quizás se asemeje al aula del colegio, desde donde divisábamos la Giralda, y las espadañas de los conventos de Santa Inés y Santa Paula, y aquella palmera enorme, balanceada por el viento en las tardes de lluvia, que se erigía en el patio de la casa del doctor Murga, en la calle Alcántara, que era el icono que nos trasportaba, aupados en el barco de nuestra febril imaginación, a las blanca arenas de una playa tropical.
Compañero del alma, como si fuera ayer cuando quedamos para vernos y tomarnos esa cerveza en el Tremendo, descansa y procura por nosotros, ante Jesús de la Salud, serenidad y fortaleza para nuestras almas. Lo necesitamos.

*A la memoria de Manuel Cruz Rivera

miércoles, 3 de octubre de 2012

Ostentación versus intimidad


            Mi abuela siempre llevaba en el monedero, aquel utensilio doméstico que sabía de tantas carencias y tantos abandonos dinerarios, con más pelusillas que céntimos, una estampa de la Virgen de la Esperanza, cuando las pequeñas ilustraciones eran avis raras y poco menos que incunables recogidos en cultos y celebraciones litúrgicas muy especiales. Decía que la protegía de los males y las advenedizas intenciones del destino, que intentaban cebarse con ella. Era una fotografía en blanco y negro y la Virgen portaba aún la corona sin los lujosos aditamentos que se le implantaron para la Coronación. Cuando el tiempo y los roces la raían, nunca se desprendía de ellas, ni mucho menos las tiraba. Las acomodaba, como se acomoda a un niño en la cuna, en el fondo de un cajón, entre sábanas y prendas íntimas. Allí dormían y guardaban la memoria y las confidencias de sus sufrimientos, de sus alegrías, de los sucesos que fueron jalonando su existencia y que sirvieron para ir conformando una vida casi heroica, por muy sencilla y humilde que fuera su condición. Por ello mismo, por su origen y su suerte, había instituido en aquella cómoda una especie de oratorio donde realizaba sus jaculatorias y formulaba sus peticiones, que a pasar de las vicisitudes y las fatalidades cotidianas, no venían a ser demasiadas. Hay que agradecer más que pedir, solía decir. Un templo con los dos perfiles de la Virgen. En blanco y negro, con los brillos de las alhajas del pecherín agrietados, por donde explosionaba el magma de los años y los besos escondidos, íntimos, con sus grises gemas como perlas hortelanas desterradas de los surcos que se abrían a la fuerza del sol, al ímpetu de la lluvia, campos de extramuros donde ella encaminaba sus pasos, cada mañana, para realizar labores domésticas y llevar un jornal a casa. Dos estampas, y los contornos de las mejillas celestiales bastaban, para sentirse realizada. A los nietos, cuando ya la edad empezaba a marcarse en su rostro y sus manos comenzaban a temblar, nos intrigaba aquel comportamiento tan extraño, aquel desplazarse sutilmente, como levitando sobre la solería, aquel tirar de los remates hasta dejar al descubierto la blancura del ajuar, aquel musitar las oraciones, para sus adentros, y persignarse con una cadencia que convertía los movimientos en enseñanzas místicas. Abría y cerraba el cajón, con un cuidado extremo, como queriendo no procurar daño alguno, o mejor, intentando no sobresaltar a su hermosa huésped. Todo era sencillo y discreto, sin presunciones. No hacía falta elevar  a público, las intimidades ni sus sentimientos.
            Llevo unos días dándole vuelta a una foto que ha llegado a la bandeja de mi correo. Normalmente suelo borrar muchos, casi sin ver los contenidos, a no ser que tengan remites de conocidos o traigan una etiqueta de trabajo. Ignoro qué ha motivado su supervivencia, ni qué gracia del destino se confabuló para mostrárseme. Es una instantánea de un dormitorio que reproduce, no sé si con fidelidad o raya  la inexactitud de lo figurativo para caer en lo chabacano, una visión panorámica y frontal del Arco, con la Virgen de la Esperanza en la orla ojival, la muralla y hasta la Basílica. Dos nazarenos, uno del Cristo  otro de la Virgen, presiden las mesitas de noche. Cada uno en su casa puede hacer lo que le venga en gana que para eso es su reino, su propiedad. Pero me parece extraordinariamente innecesario elevarlo a público conocimiento. ¡Y la de comentarios que suscitará! Y digo yo, ¿es necesario este tipo de manifestaciones? No digo instituir la imagen decorativa de las habitaciones como a uno le venga en gana, que para eso está el libro de los gustos. Digo que no hay necesidad de exteriorizar los sentimientos ni las intimidades de los fervores. Digo que no es preciso hacer ostentación de la devoción. Digo que la intimidad hay que preservarla, porque si la difundimos, si la ponemos a consideración de todos, perdemos su cualidad más importante: el respeto a nuestra propia persona. Digo que exteriorizar los sentimientos religiosos, ligados a sus Imágenes y modos de entender la fe, es desmembrar el trato y la confidencialidad que ha de preexistir entre el espíritu y Dios. Al menos, así lo entiendo yo.

martes, 2 de octubre de 2012

Palacio del Pumarejo, desdén y desamor


            Ha visto como los siglos pasaban frente a él, cómo cambiaba la fisonomía en su entorno y cómo las miradas se sucedían de generación en generación. Los más regios pasos han deambulado por sus estancias. Ha sido testigo de los más importantes acontecimientos acaecidos en los últimos trescientos años, de avatares tan dispersos y diferentes como la travesía de la más importante devoción universal, vitoreada por el pueblo, y luego oculta en una camioneta para escapar de violencia de los que no soportaban ni respetaban la religiosidad de sus coetáneos, en la creencia de que eran portadores de su verdad, única para imponer por medio del terror. Ha soportado las adversidades climatológicas, las humedades calando sus entrañas, el frío atravesando sus gruesos muros, el calor acomodándose en los corredores. Sus ojos han contemplado los horrores de los hombres, cómo la ira cernía sus garras sobre inocentes que eran de condenados a la muerte sin más dictamen ni más cargo que pensar de forma diferente. Hombres encadenados al destino, asociándose a la historia de manera cruenta. Sus paredes mantienen recuerdos de viejos esplendores, de niños correteando por las viejas galerías arqueadas transmutando sus juegos en aventuras y en episodios dignos de ser recogidos por los mejores escritores. Su patio atraviesa el tiempo para instalarse en la inmortalidad y proyectar las imágenes de bailes al socaire de una guitarra, de unas voces que canta la grandeza de la ciudad, las tradiciones que surcan los vientos con las letras de fandangos y sevillanas, celebrando la conmemoración de una cruz, cimientos de la fe, patíbulo cruento, que se transfigura en la esencia popular y divertida de la celebración festiva. Revuelos, toques, voces, danzas, sueños, acogidos en el mármol de las columnas que soportan la memoria de sus memorias.
            Es la continua transgresión de la cultura, la indolencia de quienes tienen que cuidarla y solo procuran especular con la sabiduría, en maltratarla, en difundir las barbaridades con las que suplantan la verdadera identidad. Es la continua transformación de la fisonomía de los barrios clásicos, capaces de soportar las miserias de las crisis, los desastres de una guerra. Vence adversidades y temporales y quienes ahora debieran de cuidarla, de mimarlas, se encargan de devastarlas con sus implantes inadecuados y sus posiciones de vanguardia. Son los responsables de la pérdida de la idiosincrasia y de valores seculares que quedaron como testimonios de las magnificencias de épocas donde ilustración y la erudición eran valores de presunción, un estatus que elevaba la condición del hombre.
            Este ayuntamiento parece querer eludir sus compromisos para con la cultura, por salvaguardarla de los desmanes de otras corporaciones anteriores. El palacio de los condes del Pumarejo se viene abajo, se convierta en ruina con el paso del tiempo, ante la desidia de los responsables en mantenerle en pié. Convertida en casa de vecinos, parece ser que será especulación, con el gravamen de ésta provenga de la mayor institución gubernamental de la ciudad.
            No oiría yo las proclamas de quienes, haciendo de la mejor apología política, claman para convertirla en casa del pueblo o sede alguna institución al socaire del partido de turno. Es un edificio en un lugar privilegiado, pero constantemente maltratado hasta la degradación  porque tal vez interese esta ignominia que está restando a la ciudadanía del uso público de unos preciosos espacios, ahora ocupados por una pobre gente que, vencidos por el ocio y sus adicciones, copan la que pudiera ser zona de un barrio que adolece de áreas de esparcimientos. Y es curiosa la situación porque han de ser los industriales de la hostelería, instalados en sus inmediaciones, quienes mantengan, todavía, un poco de cordura cívica cuando instalan sus veladores.
            El palacio debe ser restaurado a la mayor brevedad posible porque  sería el primer paso para dignificar este espacio y posibilitar el reencuentro con la importante historia que entraña y guardan sus muros. Un edificio de esta categoría sería centro de actuaciones inmediatas en cualquier lugar del mundo, con un mínimo de acervo cultural. Aquí esperaremos a su derrumbe. Quizás para ahorrarse los gastos de demolición de mi Pavón. Lo de siempre, tristemente, lo de siempre.

lunes, 1 de octubre de 2012

No es tu hora*


            Es la familia que siente la ausencia, la que se reúne. Hay una festividad para cada ocasión y no hay mayor alegría, ni más grande celebración que poder estar todos juntos compartiendo sonrisas, anegando el espíritu con abrazos y besos. Es el aire que viene rozando las aristas de la memoria quien susurra el vacío, que acaricia la piel y la eriza cuando manifiesta y despliega esa presunción de belleza que siempre trae el recuerdo de un nombre, cuando recuperemos las figuras que soñaron nuestros sueños y los gestos que nos fueron encomendados por quienes nos antecedieron en este placer de soñar despierto. Es el cielo abierto a la mañana, cubierto de rocío aún el lienzo inmaculado y los tejados por donde resbalan la evocación y el misterio de una mirada, donde se espejan las ilusiones que transitan por la febril imaginación de un niño, donde se policroma el alma con las emociones y se tiñe el corazón de verde mientras se esparcen, por el adoquinado acharolado de una calle abierta de parte de parte para acoger el sonido que preconiza la grandeza, las hilaturas que se desprenden de un hábito merino, de un cordel de sedas y oros que custodian la elegancia del ensueño de una capa pregonando el señorío. Es el tiempo acortando las distancias de la vida, es la mano del Orfebre celestial que cincela la materia, que la mueve y la maneja al donaire de un antojo, al trasluz de una quimera, para dotar al espíritu de la gracia y gallardía de la guardia que se rinde al poder de una sentencia que cuestiona la razón, que sostiene el equilibrio del amor y la tristeza, y ninguna de las dos es capaz emanciparse sin que la otra se venza y se presente en el rostro como lágrima, como mueca de la pena, como el guiño que entrevela la quimera de una lucha que provoca duermevelas.
            Viene el aire removiendo las conciencias, invocando una presencia que se escapa, que se presenta etérea, traslucida como la luz que le niega. Diálogo con las estrellas que encandilan el tapiz azabachado, que relumbran las candelas que se van deslizando por la línea de la vida, que va tamizando el ocaso con el resplandor que provoca la ceguera del amor. ¡Ay diálogo que encierra el sentido! ¡Ay palabras que se ocultan en la trinchera del aíre, que deslizan sus vocablos en las lindes del afecto! Frases que huyen del tiempo, que se esquivan y se tronchan en los campos que se van extinguiendo, que se empeñan en la vida, que se obstinan en revocar la ciencia porque su fuerza reside en la mayor de las grandezas, en saberse portador de la gracia y el manejo del garbo. Lleva a gala la sapiencia del donaire. Es la reciprocidad por los servicios prestados. ¿Qué se dicen al oído, qué se cuentan, qué comentan, por qué ríen? No es tu hora, fiel sirviente. Y se remueve la aurora. Y se cimbrean los juncos que mantienen el vaivén al socaire de la gracia, que estremece los sentidos y conmueve la elegancia. No es tu hora, compañero, que aún te quedan cien batallas por librar, que aún mil desfiles por las calles donde vas esparciendo la gala de escoltar al Redentor. ¿Qué motiva este encuentro si aún no empapa el rocío la tersura de la plata, si aún no resbalan los guiños de cariño que se espejan y se plasman en el oval de tu rodela, si aún no se embravece el aire con la espuma de las plumas que marean la mañana? No te obstines en buscarle. Hazle caso, compañero, no es tu hora. Obedece su mandato. No es esta guardia la tuya. Hay requiebros en un manto que requiere tu presencia, hay sonidos de alegrías, tintineos que recuerdan madrugadas, cobijados en el metal repujado que se ensalzan brocal de una fuente donde brota la Esperanza. Aférrate a la manigueta. No la sueltes. No es tu hora, es el tiempo del valiente que se aloja tras la coraza, en el ímpetu del corazón que late y te señala el camino que te lleva hasta la casa donde se está relatando la necesidad de tenerte, de abrazarte, de sentirte. No queremos añorarte. Levántate y toma las armas de la vida y cuéntanos que un día soñaste que estuviste junto Él, guardia pretoriana del arte que nace en la Macarena, que se esparce por los cielos que evocamos, por los suelos que pisamos derrochando marcialidad. No es tu hora, fiel guardián, fiel escolta que amparaste su figura, la dulzura de su porte, que anulaste la sentencia de su muerte con tu garbo y tu alegría. No es tu hora, portador de la Esperanza, de encontrarte en los cielos con el Dios de la ventura, con el Cristo que te augura larga vida. No es la hora de tu ocaso, es el tiempo de la aurora. Honor a ti, fiel armao, vencedor de madrugadas, invicto luchador de amaneceres. No es tu hora para la marcha, no es tu hora.

*A Carre, para que nos siga alegrando la existencia con su presencia.